Algo huele a podrido

18/01/2013

Maite Vázquez del Río.

Las patatas calientes han empezado a quemar tejados. En la sede del PP de la madrileña calle Génova se aventuran grandes acontecimientos. Al menos los ciudadanos esperamos que todo lo podrido salga a la superficie y no se esconda en despachos con cristales tapados de negro.

Desde este espacio he hecho referencia en varias ocasiones a lo hastiada que está la sociedad de tanta corrupción. Un mal que no se queda en uno o dos hechos aislados, sino que a medida que pasan los años de nuestra recuperada democracia va en aumento, y no parece que nadie vaya a poner la fin. ¿Por qué? Porque son los políticos los que podrían con leyes y es la misma clase política la que está enfangada hasta las cejas. No se puede generalizar, pero lo cierto es que cada vez hay más garbanzos negros que están estropeando el codido.

Cuando echamos una vista al pasado reciente, los acontecimientos con los que nos levantamos escandalizados cada mañana, hacen pequeños aquellos casos que en su día fueron la escandelara nacional como que un hermano de Alfonso Guerra utilizara su despacho público en Sevilla para hacer sus negocios privados. Todo parece indicar que en aquel entones las cantidades de corrupción eran pequeñas, pero el político Guerra quedó desacreditado para ocupar puestos de responsabilidad y desde entonces se convirtió en diputado de a pie.

Pero con eso que democracia es libertad, aquellos que empezaron con pequeñas corruptelas han ido a por todo lo que pueden sacar. El caso Gürtell y el extesorero del PP, Luis Bárcenas, parece que se llevan la palma en la delicuencia política. Y lo peor la impotencia ciudadana, porque quienes hacen las leyes y las administran, da la sensación que parecen convivir para alargar en el tiempo procesos y procesos que al final quedan en nada porque los delitos han prescrito.

La clase política se ha convertido en un problema ahora para la sociedad. Cada vez hay más descreídos de esos políticos que en periodo electoral nos mendigan votos y una vez apoltronados en sus sillones de diputado o senador se olvidan de las dificultades que tienen los españoles por llegar a final de mes, de que más de seis millones de personas esperan que de sus decisiones surjan puestos de trabajo, de mantener la vivienda, de ser atendidos dignamente en unas urgencias o de poder asistir a centros donde nos eduquen.

Son los políticos los que están a nuestro servicio. Dicen que es una vocación, pero parece por como están transcurriendo las cosas que más que el bien común buscan el propio, enriqueciéndose a costa del aparato de un partido político, que representa más que una multinacional. Esos que por suponérseles honrados ponen el cazo a todos los sobres que les llegan sin hacerles ascos, ni poner el grito en el cielo ,ni denunciar a constructores o cualquier tipo de empresa que con dinero logran contratos millonarios. España no era una república bananera, y ellos, los corruptos en eso la están convirtiendo. Algo huele a podrido en España.

 

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