Empezábamos a ver el futuro con más optimismo, pese a la amargura del paro y la impotencia por la incapacidad que supone que no se cree empleo. Pero los inversores, los primeros en animarse, llevaban un mes de enero en que habían empezado a recuperar cierta confianza. Hasta la Bolsa superaba la cuota del 8.800 y se alcanzaban niveles de hacía un año. Mientras, la rentabilidad del bono iba bajando, y la prima de riesgo jugueteaba con ese listón psicológico de los 350 puntos. Pero todo, todo, se ha borrado de un plumazo.
La corrupción se ha ido asentando, todo parece, al mismo tiempo que la democracia. Eso de los servidores públicos que ganan más en el sector privado algo debía tener, algo más que la erótica del poder. A día de hoy se debe anteponer a cualquier sospecha la palabra «presunta», pero lo cierto es que cada vez son más los casos, más las personas y más el dinero corrupto.
Ya no nos vale el tú más, y eso de sacar pecho y negar la evidencia. Ahora la verdad resulta «malintencionada» a no ser que reme a favor. Es tal la escandelra que todos los presuntos están en boca de todos de dentro y de fuera y nuestras fronteras, que casi nos ven como un un país bananero, donde los que tienen nómina son exprimidos hasta el último céntimo y los que tienen el poder o están próximos a él se permiten el lujo de una contabilidad B, poder limpiar podredumber a través de una amnistía fiscal y `vivir como dios´.
Se han necesitado un puñado de días y cuatro títulares en un periódico para que un poco de lo que sospechábamos se haya puesto negro sobre blanco. Y aún así nos queda ese regusto amargo de otros casos de corrupción no muy lejanos en que por triquiñuelas jurídicas muchos se fueron de rositas.
Pero creo que va siendo hora de que España tenga los políticos honestos, honrados y leales con el país y sus ciudadanos que se merece, por esos casi seis millones de parados, por esos más de dos millones que viven por debajo del umbral de la pobreza, por todos los trabajadores que se están sacrificando, viendo recortadas sus pagas extras y su salario, por todos esos contribuyentes que no tienen amnistía fiscal, por todos aquellos que un día erraron y años después se les exige, pese a estar rehabilitados, a entrar en prisión; por todos nosotros, que nos estamos quedando sin urgencias, sin enseñanza, sin sanidad… y sin nadie decente a quien poder votar. Y a los que han estado en boca de todos, que se vayan al sector privado con uno de esos contratos de su reforma laboral.
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