En los últimos años la patronal española no deja de estar señalada, envuelta en los líos de algunos personajes de su cúpula, que en tiempos de su desaparecido presidente José María Cuevas, parecía ser intachable.
Pero desde la llegada de Gerardo Díaz Ferrán a la CEOE parece que le están creciendo los enanos y hay algún gafe en sus filas. Tan denostados como están los sindicatos por los políticos de la mayoría parlamentaria, parece que se olvidan de otra organización que también vive de los presupuestos públicos. Y por tanto, la transparencia con que se mueven todos sus miembros ha de ser nítida y cristalina.
Pero en las filas empresariales se están introduciendo elementos de dudoso pelaje desde hace tiempo. Algunos que crecieron a la sombra de algunos políticos de primera línea y hasta albergaron el sueño de ocupar el sillón de la patronal. Lo más parecido a estar en la política, porque algunos -el caso Gürtel es el ejemplo perfecto- les bastaba con estar próximos al poder y manejar los hilos «de beneficios económicos a espuertas’ a la sombra, paseándose por El Escorial con sus más altas galas.
Y después del fiasco que supuso Díaz Ferrán, al que se le acaba de rebajar de 30 a 10 millones la fianza para evitar, de momento, la carcel por ocultar patrimonio y capital, se vuelven a disparar los rumores sobre uno de sus vicepresidentes, Arturo Fernández, casualmente cuñado de Díaz Ferrán y su sucesor al frente de la patronal madrileña. Primero por las deudas contraídas en el parlamento madrileño con la Seguridad Social; ahora porque algunos de sus exempleados -que ya no pueden ser despedidos- han confesado que el Señor Fernández les pagaba en negro las horas extras.
El caso de Arturo Fernández, que ha desmentido rápidamente cualquier tipo de irregularidad en los pagos de sus empleados, resulta aún más llamativo cuando una de sus concesiones es la cafetería de la propia sede de UGT de Madrid. De haberse supuestamente atrevido a pagar en negro a estos empleados, el gol al sindicato más que centenario sería de escándolo, aunque claro el miedo a perder el trabajo enmudece hasta a los loros.
Resulta chocante que alguien que está en la primera línea de la política laboral del país, emitiendo todo tipo de declaraciones y opiniones sobre lo que se debería hacer, recortar, reformar, mejorar, eliminar… predique supuestamente con un ejemplo tan deplorable. De demostrarse, (Guindos ha asegurado que se investigará), que menos que dimita. Ya van dos veces que el río suena.
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