Un día especial

10/03/2013

Susana Ramírez.

Un día entrarás en casa y buscarás aquel cajón olvidado. Te sentarás muy cerca de él y en tu regazo irás colocando fotografía tras fotografía. Momentos congelados que hoy se derriten sobre tus piernas, inundando todo de recuerdos.

Mirarás aquella medio sonrisa, o aquel gesto que solo él tenía. Su brazo por encima de tu hombro cuando tenías 8 años de edad. Verás en su mirada aquella complicidad ya olvidada. Foto tras foto te irás emocionando hasta que tus lágrimas resbalaran por la instantánea para perderse en el espacio infinito.

Seguirás repasando fotos, recordando momentos felices. Sabiendo que las caricias no regresan con ese pinchazo de añoranza, y que tampoco regresará su voz o los enfados de los domingos.

Amontonarás todas esas fotos en tu regazo, tu vida se resumirá en un puñado de papeles que hoy te hacen llorar y sentir que la vida se perdió por alguna parte. Porque te falta lo más importante para continuar. Sin embargo siempre queda un rayo de luz, queda la siguiente fotografía o la que le sigue a la siguiente. Y siempre así.

Un recuerdo difumina otro. Y una tristeza a otra. Pero nunca olvidas la distancia que os separa. Tampoco olvidas lo difícil que es acercarte a él para decirle “te quiero” o llorar todo lo que nunca has llorado sobre su hombro.

Acercarte a él siempre fue muy difícil. Siempre existió esa barrera para los sentimientos, ese muro de hormigón con espinas por todos lados. Y siendo él tu propio espejo, carne de tu carne, sangre de tu sangre, no puedes fundirte dentro de sus brazos para llorarle todo el tiempo en que le echaste de menos.

Luego, guardas las fotos, las vuelves a meter en el cajón. Y lo cierras. Más tarde buscas su número en la agenda y lo miras como mirabas las fotos. Dudas entre llamar o no hacerlo. Tal vez su voz pese más. Pero la ausencia de sus palabras al otro lado te hacen dejar de mirar la pantalla con su nombre. Así que te pones a hacer otra cosa y parece que le añores menos.

No sabes si él hará lo mismo, si alguna vez repasa tus fotos o se acuerda de tu voz. O de los besos que te daba cuando de pequeña le mirabas sonriendo. No sabes si a él donde quiera que esté le gustaría compartir una tarde contigo y hablar y llorar sobre vuestros hombros todo lo que necesitáis hacerlo. O si le gustaría leer que le quieres y necesitas más de lo que se imagina. No sabes si él está tentado en llamarte. No sabes si marcar y decirle:

Felicidades Papá.

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