Con la música dentro

18/03/2013

Susana Ramírez.

Me gustaba el piano y me gustaba la luz que entraba por el gran ventanal. Me sentaba en la banqueta cuando tú ya te habías ido y acariciaba las teclas con la yema de mis dedos. Una, otra y otra. Nunca las apretaba, tenía miedo a que su sonido hiciera venir a alguien. Pero lo cierto es, que un día no pude contenerme y apreté una tecla. El sonido lo inundó todo y me gustó aquella sensación de que yo era quien mandaba sobre ese sonido. Pronto llegó la otra tecla. Y otra. Más tarde vinieron por mí, y me levantaron de la banqueta cogiéndome por detrás, con mucha fuerza, por los dos brazos a  la altura de los hombros. Me levantaron con firmeza de la banqueta mientras mis ojos se entristecían al contemplar cómo me alejaba de aquel piano de teclas maravillosas.

 

Desde entonces no me dejaban entrar en la habitación de la música. Y yo me quedaba tras la puerta, sentado y apoyando la espalda contra la pared. Sentía cómo la música hacía vibrar las paredes y la traspasaban hasta llegar a mi espalda y fundirse con mi cuerpo. Cerraba los ojos y rezaba  con que nadie se percatase de mi hazaña.

 

Nadie se daba cuenta de que yo absorbía esas vibraciones y el sonido de la música y todo eso me estaban convirtiendo en el mejor músico del mundo. Mi oído se fue afinando de tal manera que ya no me hacía falta un teclado físico para sentir las notas en mis dedos y escucharlas através de mi oído. Tocaba en un teclado imaginario y escuchaba esas notas imaginarias. Era todo tan, tan, maravilloso…

 

Un día el maestro no pudo venir a dar clase. Yo lo sabía. Me colé como pude en la habitación del piano. Era consciente de que en cualquier momento podría entrar alguien en aquella habitación y muy posiblemente me devolverían a la casa de acogida. Esa familia me había “adoptado”. Era para ellos un niño mugriento que no debía más que aceptar lo poco que se le daba y ya está.

Sin embargo, aunque tocar el piano durante pocos minutos fuese lo último que hiciese en aquella casa, quería hacerlo. No me importaban las represalias ni lo que llegase más tarde. Que me echasen de la casa, o acudir de nuevo al centro de acogida donde tal mal lo pasé parte de mi corta edad.

 

Entré en la sala, el silencio pronto se rompería. No sabía si sería capaz de tocar aquellas notas que tanto tiempo había imaginado dentro de mi cabeza.

Me senté en la banqueta, respiré hondo, cerré los ojos y me dejé llevar. Pronto la música lo comenzó a inundar todo. Estuve tocando bellas melodías durante 30 minutos de los que yo no fui consciente. Con los ojos cerrados y mis dedos acariciando la música, moviéndose de tecla en tecla, imaginando que estaba sentado en un campo de flores, con el cielo azul sobre mi cabeza, y que las teclas eran el cabello de una mujer muy bella que me amaba. Soñaba eso en mi cabeza y salían las melodías más bellas.

Cuando abrí los ojos y mis manos se detuvieron, todas las personas que habitaban esa casa, incluido el maestro, al que habían avisado de que viniese con urgencia, estaban sentados en el suelo, rodeándome. Otros de pié casi encogidos. Otros lloraban. Otros se abrazaban. Otros sollozaban y decían algo que no alcancé a escuchar bien. Y yo estaba sentado en la banqueta, esperando a que me cogiesen de nuevo con fuerza por los brazos y me alejasen del piano, y me arrancase de nuevo de cuajo la música que llevaba dentro.

No entendía bien el porqué de la reacción de aquella gente, les miré conteniendo las lágrimas. Hasta que miré al maestro. Me fijé en su cara, tenía la misma expresión en el rostro, de cuando él mismo tocaba el piano. Entonces lo entendí todo. No estaba haciendo algo malo. Y presentí que no me iban a separar de la música.

El maestro se acercó a mí y se sentó en la banqueta, a mi lado. Yo me hice muy pequeño… el maestro me abrazó y me dijo: hijo, eres una promesa. Tocas como los ángeles. Y yo pensé que aquello debía de ser muy bueno, porque los ángeles son muy buenos. Así que la música era buena y yo tocaba buena música.

La gente que me miraba mal por ser un niño percudido, desde ese día me miraban con la mirada tierna, me trataban con dulzura. Y yo ahora les miraba a ellos a los ojos y me sentaba en la banqueta y tocaba sin miedo alguno. Sin miedo a represalias y sin miedo a tener que volver a la casa de acogida donde no había música, donde no había nada.

¿Te ha parecido interesante?

(+4 puntos, 4 votos)

Cargando...

Aviso Legal
Esta es la opinión de los internautas, no de diarioabierto.es
No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.
Su direcciónn de e-mail no será publicada ni usada con fines publicitarios.