Banda sonora de una vida

24/03/2013

Susana Ramírez.

Desde las escaleras de nuestra plaza favorita, bromeábamos con los treinta años, decíamos que estaban lejos y que nunca llegarían. Yo recuerdo que las rodillas se nos doblaban sin mayor problema y que nos parecía poder mover el mundo con un solo toque de dedo. Sentíamos que éramos capaces de todo, de subir montañas, de nadar mares, de sostener cualquier peso sobre nuestras espaldas.

Aquel día todo lo que nos unía nos separaba. Éramos almas gemelas con distintos destinos. Tú grababas momentos en canciones que elegías y a su vez guardabas en cintas de música que luego me regalabas. Y yo no sabía filtrar las emociones y por lo tanto no las disfrutaba como se debía.

Siempre bromeaba con que yo moriría joven, porque me veía incapaz de reconocer que los treinta años llegaban, me aterraba mirarme a espejo y tener que agachar la cabeza para evitar mirar mi reflejo. Que sentirme derrotada con mi propia imagen me pudiese hacer no querer seguir en pié.

Cuando cumplí los treinta años me asomé con algo de miedo al espejo y me vi.  Por primera vez me estaba mirando. Sentí como si la vida se detuviese, y miré dentro de mis ojos hasta encontrarme con esa película de mi vida donde hubo un poco de todo.

Lo triste no era llegar a los treinta años, reconocer que el tiempo pasa y que la vida siempre ha ido en serio. Lo triste es llegar sabiendo que lo podrías haber hecho mejor, que existieron momentos en los que se podía haber actuado como  realmente procedía y que no se hizo por miedo, por inseguridad , por qué se yo.

Y lo triste es escuchar canciones que con solo cerrar los ojos te transportan a lugares donde ya solo queda el recuerdo de lo que fuiste. Donde ya no puedes volver a ser junto a esas personas que un día te hicieron ver otros puntos de vista, que te cambiaron el destino y que de alguna manera iban contigo en el mismo barco rumbo a la vida.

Sin embargo, aunque te proporcionen tristeza y a la vez añoranza, puedes recordar esos días dando al “play” , escuchando aquella canción. Y puedes cerrar los ojos y sentir los pasos bajo tus pies. Aquella calle empedrada. Aquel paso que definitivamente te adentra en aquella plaza. Puedes ir caminando lentamente, sin prisas, y sentarte de nuevo en aquellos escalones y mirar hacía arriba buscando ese trocito de cielo, que parece ser el único que te pertenece en ese momento. Puedo escuchar a los perros ladrar, a niños correr tras la pelota, los flash de los turistas tomando instantáneas, los pasos de la gente y hasta los suspiros de los enamorados al entrelazar sus manos.

Pero no puedo verte nunca. Tal vez sea porque no sé reconstruir tu imagen, porque está difuminada y perdida ya en el tiempo. Así que me quedo sola durante un largo rato en esa plaza, abrazada a mis rodillas y sonriente.

No quiero morir todavía. Pero quiero que se me recuerde el día que lo haga, como una persona que se subía a los trenes pensando que iba en busca de la felicidad, que nunca subía a ellos buscando fracasos. Que me recuerden por todo lo que escribí y toqué con mis manos. Como una persona a la que le gustaba crear cosas nuevas, solamente porque sentía ese ansía de la vida.

 

Y tal vez cuando llegue ese día regrese a aquella plaza y vuelva a abrazar mis rodillas y de repente, de forma mágica tus brazos rodeen mi espalda. Y tal vez suceda que te sentarás conmigo en la plaza con la misma sonrisa de siempre, y busquemos el mismo cielo con la mirada… y que luego de la mano caminemos por las calles que siempre nos aguardaron. Y tomemos un bocadillo en aquel Bar que nos estaba esperando, porque en realidad la vida estaba pactada, porque la vida era un camino hasta ese momento. Y tal vez sea ahí donde ya den igual los treinta, los cuarenta y los cincuenta.

La eternidad aguarda, pero allí no existen relojes.

 

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