Tal vez era la historia más bonita que nadie jamás había contado hasta ahora. Él era un hombre de edad avanzada y su rostro ya guardaba las señales de su edad y de sus pasos.
Aquel hombre siempre viajaba en metro. Concretamente en una línea. La línea roja, como los corazones que pintaba la gente. Se sentaba siempre en uno de los asientos y normalmente lo iba cediendo a las personas que lo necesitaban. Eran unas 35 paradas, y en todas ellas, el hombre observaba a las personas que entraban y salían del vagón, indagando, buscando a veces en sus ojos, algo que le llenase el alma.
El hombre ya no tenía a nadie esperando ahí fuera, más allá de los vagones y las vías. Solamente encontraba calor allí, en el metro, sentado, parada tras parada. Pagaba cada día un billete, que le daba para sentirse acompañado durante toda la mañana y parte de la tarde. Ahora bien, cuando caía la noche, abandonaba el vagón e iba hasta su casa a descansar hasta el día siguiente. Era una dulce rutina, el hombre prefería aquello, a estar solo en casa leyendo el periódico o escuchando las mismas noticias una y otra vez en televisión.
De este modo, el hombre, siempre tenía rostros nuevos para ponerle a los sueños, que mientras dormía sufría. Era un hombre que vivía de los sueños, porque la vida ya poco podía ofrecerle. Era un viejo solitario, muy prudente y tímido y el cual se sentía ya muy cansado para darse entero a nadie.
Así que pasaba los días, hasta caer la noche, observando pasajeros. Mirando con sus ojos la vida de los demás, confabulando con dónde irían, a quién habrían dado los últimos besos antes de que la rutina les absorbiera. Mirando, sin más, rostros y más rostros que le ayudaban a completar ese hueco que estaba vacío en su vida.
Luego el hombre regresaba a casa, más viejo, más cansado, pero completo. Pensando que mañana sería otro día igual que el anterior, lleno de rostros, y de rutina para cada uno de esos rostros.
Los ojos azules del hombre me trasmitieron una extraña soledad, la primera vez que lo vi. Me senté junto a él, que tenía sus piernas muy juntas y se cogía las manos. Miraba con su mirada azul cada rostro, cada paso. Parecía que estuviese estudiando cada gesto de la gente. Sentí tristeza porque aunque había mucha gente a su alrededor yo supe ver su vacío, aquel precipicio de los días por el que caía cada día se dejaba caer. Y él seguía moviendo sus ojos de un lado a otro. Casi nadie le devolvía la mirada, a veces sí. A veces se encontraba con otros ojos y creo que era cuando el hombre se llenaba de luz, por saber que si le miraban es porque aún existía.
Cuando llegó mi parada, me levanté y le miré por última vez. Hasta que sus ojos se encontraron con los míos y yo le sonreí. Me devolvió la sonrisa. Era una sonrisa cómplice. Y el vagón se llenó de una luz, que solo él y yo pudimos ver. Le volví a buscar con la mirada entre los cristales cuando dejé aquel vagón, él continuaba sentado, pero con el cuello y los ojos buscándome. Al encontrarse de nuevo conmigo me hizo un gesto con el rostro que resumió ese momento en magia. Entonces entendí los viajes del hombre, su interés y su forma de expresarse sin palabras.
No hacen falta las palabras, mientras existan las miradas.
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