La especulación es divertida, pero es un mal negocio

25/10/2010

Rafael García de Serfiex.

Ahorro y especulación tiene en común la búsqueda de la rentabilidad pero se separan radicalmente respecto al objetivo de protección de la riqueza. El especulador cede protección a cambio de grandes beneficios. El ahorrador compra seguridad a cambio de limitar sus ganancias. Entre ambos perfiles hay una gama de colores enorme: distintos estilos de gestión, distintas categorías de fondos de inversión e infinidad de productos financieros. La especulación es más atractiva que el ahorro.

Las ganancias rápidas y extraordinarias llaman la atención a los seres humanos. La erótica del juego desata pasiones y los mercados financieros son una gran cama redonda donde poner en práctica nuestros sueños. Cuantas veces nos habremos quedado dormidos recordando el “cuento de la lechera”; un cuento que, aunque conozcamos su final, nos encanta revivir. El problema es que la especulación es un juego de profesionales donde la probabilidad de que un aficionado triunfe es tan limitada como la de ganar a la lotería. Y las razones de mi anterior afirmación son varias. En primer lugar, porque el especulador aficionado no tiene amigos. Los aliados tradicionales del ahorrador –la diversificación, los costes bajos y el paso del tiempo- son ignorados e incluso rechazados.

Respecto a la diversificación, el especulador prefiere un solo activo donde centrar su atención y capitalizar su intuición. Los costes no son su problema: cree ingenuamente que sus super-rentabilidades cubrirán sus super-costes. Y respecto al paso del tiempo, cuanto más rápido se consiga la ganancia, mejor. En segundo lugar, porque el jugador aficionado tiene un gran enemigo: él mismo. Su propio ego le invita a arriesgarse más de lo razonablemente aconsejable en función de sus capacidades (tanto económicas como técnicas). Su propio ego le invita a dejar de ser sistemático, a caer en la temeridad, a recabar constante información de fuentes desinformadas, a cortar los beneficios antes de tiempo y a dejar correr las pérdidas. En tercer lugar. porque existen los especuladores profesionales que son lobos solitarios. Su presa más apetecible es el ahorro de los especuladores aficionados, que como la sangre de los corderos va goteando lenta e inexorablemente.

Al jugador profesional le gustan los riesgos que el aficionado tiene dificultades en medir y controlar: especialmente los mercados de divisas, materias primas y diferenciales de crédito. También le gusta acudir a las fiestas donde el jugador aficionado suele embriagarse: el mercado de futuros, el de opciones y warrants y el de derivados de crédito. Ser jugador profesional no es divertido. No exige mucha formación financiera pero requiere la máxima disciplina, una gran dosis de autocontrol, infinita capacidad de observación, algo de intuición y saber vencer el tedio de la rutina y el desaliento de los fracasos. Ser especulador aficionado es mucho más divertido pero es un mal negocio, se lo aseguro.

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