El pasado fin de semana, los líderes de la eurozona salieron más que satisfechos de sus acuerdos por haber alcanzado un nuevo “Pacto por la competitividad”, el enésimo, y un novedoso “Pacto por el Euro”. Los más débiles acataron las peticiones alemanas y francesas a cambio de fortalecer el “fondo permanente de rescate”.
Hasta ahí todo bien. Pero claro luego llega el desarrollo de todo lo pacto y aparecen los contrasentidos, al menos, hasta que se diseñe la forma de ejecutar los “deberes”. Porque un contrasentido es que se nos pida que el déficit se sitúe en el 3% (ahora en el entorno del 9%) o que nuestra deuda pública se reduzca al 60% (llegaremos al 71% este año), y al mismo tiempo que se nos exija una aportación de 83.327 millones de euros para el fondo de rescate permanente en 2013.
¿Cómo se podrá hacer sin aumentar el déficit o la deuda pública?, porque además ya nos han advertido que si no cumplimos los objetivos “habrá sanciones”. Alemania, además, no ha parado ahí, y hasta considera que los países que no tenemos la máxima nota crediticia, la que ponen Moodys o Standard & Poors, deberíamos adelantar parte de esa aportación. Todo son facilidades.
Para que no salten las alarmas, eso sí, en Bruselas se acordó que esta aportación no cuente como deuda, pero ¿en qué capítulo se tiene que poner? Elena Salgado nos explicaba que podría computar como aportación de una institución internacional. El problema es de dónde sacamos ese diero. O emitimos más deuda soberana -¿sin endeudarnos?- o se recorta de nuestros ya de por sí austeros generales del Estado la cantidad que se necesita. A este paso la vicepresidenta económica aprende a hacer encaje de bolillos.
No obstante, nos intentan tranquilizar asegurándonos que de esos 83.327 euros, deberemos desembolsar billete a billete y euro a euro 9.523 millones (en forma de capital), el resto será a través de garantías y capital movilizable.
Se haga como se haga, lo que no parecen saber es cómo va a contraatacar la eurozona para solucionar el problema de la deuda soberana creada por la presión de los mercados. Lo de ganar confianza a través de reestructurar sistemas financieros, reformas laborales o prolongar la edad de jubilación, todavía no se sabe qué grado de confianza nos está dando. La catástrofe de Japón ha dejado, de momento, todo en el aire.
Habrá que esperar a la cumbre comunitaria prevista para el 24 y 25 de marzo para conocer cómo se resuelven todos estos problemas, que de momento son contrasentidos de una política comunitaria que va dando bandazos al albur de lo que crea conveniente Angela Merkel.
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