Siempre que se habla de algún sector se hace referencia al peso que tiene en la economía. Así, por ejemplo, el sector turístico aporta el 11% de la riqueza nacional. Pues bien, los estudiosos se han adentrado en los efectos que tiene el fútbol, algo que ha pasado de ser un divertimento a una industria, y que según los cálculos aporta a la riqueza nacional entre el 1 y el 1,5% del Producto Interior Bruto (PIB), o lo que es lo mismo 15.000 millones de euros.
Ser socio de uno de los grandes clubes sale por un pico, y además si se le «sigue» a todas sus competiciones, el gasto en aviones, hoteles, restaurantes o bares se dispara. También llevar la camiseta oficial, no valen imitaciones por muy buenas que sean… Todo tiene su ritual, que cuesta lo suyo.
El fútbol, que tan cuantiosos ingresos está dando a algunos clubes -no a todos, porque muchos equipos de primera división están pasándalo hasta mal y buscan inversores árabes o empresarios rusos, y si analizamos los de segunda, aún peor- hasta está favoreciendo la «marca España», no hace mucho un club al que pertenecían las grandes multinacionales del país, o sectores como el turístico, el que más se promociona allende nuestras fronteras. El triunfo en el mundial de fútbol ha abierto muchas puertas a las empresas que quieren exportar.
Los dos grandes clubes españoles, por orden de últimos triunfos en el siglo XXI son el Barça y el Real Madrid. Sus cuentas en nada desmerecen de algunas empresas, si bien a ellos se les permite endeudarse por encima de sus ingresos. Por ejemplo, el Madrid, ingresa por encima de los 400 millones de euros anuales, pero su deuda supera los 600 millones. En el Barça las cifras son similares.
Dicen los entendidos que este divertimento se convirtió en industria cuando llegó por primera vez Florentino Pérez a la presidencia del Real Madrid y se puso a rentabilizar la contratación de David Becham a base de vender camisetas, hacerle estar en todos los anuncios y demás merchandasing que se le ocurrió. Desde entonces, el caché de los «craks» ha ido aumentando como la espuma hasta entrar en subastas al mejor postor sobre cifras inimaginables hace tan solo una década, y más aún cuando la crisis acecha a la mayoría de las actividades económicas.
¿Quién no ha escuchado o dicho cuando ve el Camp Nou lleno hasta la bandera, «pero no decían que había crisis»? Eso es el fútbol en estado puro, donde los seguidores compran entradas que les cuestan más que lo cobran al mes por no perderse un acontecimiento histórico, como es hacerle una «manita» al Real Madrid o ganar la Copa del Rey al Barça, o invierten en camisetas y demás vestuario deportivo del equipo de su corazón más que en cuidar su propia imagen.
Cuando la pelota comienza a rodar, no hay cinco millones de parados, ni crisis, ni importa cuánto cuesta llenar el depósito de gasolina, ni cuánto ha subido la cesta de la compra, ni si la empresa en la que se trabaja está en dificultades, ni si los hijos aprueban o suspenden, ni si se podrá ir de vacaciones este verano… ni nada de nada… solo ganar al equipo rival, con el que no se comparte escudo, ni colores, ni marcas publicitarias. Porque ser del Barça es también ser de Nike, o ser del Madrid, es ser de Adidas… en fin, lo que decía, una industria.
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