Semana de congresos

13/02/2017

Josep M. Orta.

El pasado fin de semana tanto el PP como Podemos han celebrado sus respectivos congresos. Mientras el segundo ha sido a cara de perro, el primero fue una balsa de aceite.

Los partidos son organizaciones complicadas donde las tensiones por diversos motivos están en el orden del día, desde conflictos ideológicos -los matices son importantes en política- hasta cesiones para lograr pactos hasta egos personales. Cada político se considera un presidente de gobierno en potencia.

La lucha por el poder y por una determinada concepción de la formación se ha evidenciado en el caso de Podemos. Ha habido una pugna clara entre dos conceptos de lo que debe ser la aspiración y, en consecuencia, se han producido vencedores y perdedores. A partir de ahí pueden trabajar con un retrato más o menos fiel por donde tienen que caminar.

Por el contrario el PP apenas si hubo debate, muchas adulaciones y ninguno de los problemas internos de la formación han aflorado, o sea que no se han resuelto. Los congresos en los que no pasa nada que no estuviera previsto pueden ser una buena campaña de imagen pero son poco útiles para la vida interna de la formación. Los cónclaves ferreamente controlados por los organizadores sirven de poco y las unanimidades y las votaciones a la búlgara -aunque lo maquillen con la enmienda a los cargos de Dolores de Cospedal para dar imagen de que pasa alguna cosa- se convierten en sospechosos.

El mandato que sale del congeso del PP se parece mucho al que “todo siga igual”, o sea a lo que decida Mariano Rajoy. Esto puede funcionar mientras el viento les sople de cara, pero cuando las cosas se complican afloran con mayor virulencia los conflictos no resueltos. Entonces, como dijo Pio Cabanillas, “cuerpo a tierra que vienen los nuestros”

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