800.000 niños en hogares donde nadie trabaja

15/02/2017

Joaquín Pérez Azaústre.

Leo que 800.000 niños españoles viven en hogares donde ningún miembro tiene trabajo y trato de imaginar la expresión de sus caras, sus gestos de extrañeza o de abandono, ante una vida que parece haber pasado de largo, dejándolos atrás. Todas las posibilidades, las escenas, los rostros que se funden en una calma tensa, en una especie de desesperanza que nada tiene que ver con la pulsión primera de la vida, con esa fuerza tierna restallando en los ojos de los niños, mirando hacia sus padres, sus movimientos y sus revelaciones, sus idas y sus vueltas, el vacío de voz de sus palabras, taladran la escritura y la retina de quien mira esa casa. Pero no es una casa, sino cientos de miles, con niñas, con niños, con hermanos y hermanas que se miran también en sus facciones tristes cada mañana, que acuden al colegio sin saber para qué, por más que les animen, porque no habrá trabajo fuera de esos muros, como no lo ha habido aún para sus padres.

Pienso en la desolación que todo esto representa, en la organización moral de varias generaciones de españolas y españoles: la gente con más de 50 que ha sido desahuciada de la vida laboral, y de la vida a secas, con la angustia incisiva cincelando sus muecas contenidas, interiorizadas en el gesto ya definitivo de derrota, cuando emprenden cada nuevo curso de reciclaje, de informática, de inglés, de lo que sea, con la ilusión de que el contador pueda ponerse, para ellos, otra vez a cero; pero también en aquellos con menos edad, entre los 30 y pico y los 40, o incluso más jóvenes, que han mirado fuera del cerco nacional para encontrar, y reencontrarse, en Europa, América o Australia –conozco muchos casos en los tres continentes-, por más que la distancia agriete a veces la respiración de las familias, porque la vida es estar, también, donde la propia vida se nos vuelve posible; pero pienso, especialmente, y lo relaciono con todos estos niños, en los jóvenes que están saliendo ahora al mercado laboral, los que no han trabajado y no trabajarán, y ya frisan los 30, o los que están acostumbrados a ir encadenando becas o contratos basura, y vivir con 300 euros al mes, si tienen suerte.

Pienso, ahora, en las miradas muertas, en con las pupilas vivas, que esta crisis se lleva por delante, mientras unos y otros sólo templan las armas de su propio cuartel. De algunos nada es posible esperar ya, sino el desmantelamiento definitivo de nuestra Estado Social y de Derecho; pero de otros, los que ni están, ni se les espera, o los que andan aún a garrotazos con su propia cabeza, sí cabía esperar otra respuesta. Nunca ha estado la gente tan necesitada, ni tampoco tan sola. Recuerdo ahora el final de Las uvas de la ira, tan recurrente: Saldremos adelante, porque somos la gente. Para que 800.000 niños no olviden pronunciar esas palabras que nos hacen sufrir, y también levantarnos.

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