Otra sesión descaradamente alcista a la que, por cierto, para ser perfecta le sobró la última media hora. ¿Qué nos está queriendo decir Wall Street con esta montaña rusa en la que se ha metido?
Mi impresión es que la indefinición es la clave de estos días y se ha instalado en el mercado una suerte de locura en la que cualquier cosa es posible. Si lo de hoy tuviera tintes de ser razonable, lo del pasado viernes no tendría sentido. Y al revés. Si lo cierto fuera lo del pasado viernes, esto no tiene sentido.
Por tanto, esperar y ver. No nos queda más remedio. Tan pronto todo se dispara por el más mínimo síntoma optimista o se derrumba por el más leve sentimiento negativo. Lo de hoy intentan explicarlo como el que gasto de los hogares y el sentimiento del consumidor no fue tan malo como se esperaba. Si llega a ser bueno nos salimos del mapa, digo yo.
Por eso hablo en los últimos tiempos de extremar la prudencia, ajustar los stops y dejar que el mercado se defina de una vez. Porque el pescado no está ni mucho menos vendido.
Por una parte, en la UE no las tienen todas consigo de que Papandreu vaya a lograr sacar adelante la votación de los recortes en el Parlamento. Y de otra, la Casa Blanca envía mensajes optimistas respecto a la negociación conjunta de recortes presupuestarios y elevación del techo de deuda que mantiene con el Congreso y el Senado. Pero no hay nada hecho, ni siquiera una aproximación tangible con los republicanos del ala dura, que no quieren ni oír hablar de elevar el techo de deuda. Y, recordemos, esa es la necesidad más urgente a la que se enfrenta Estados Unidos en este momento.
La única realidad es la que mandan los precios y hoy se han disparado al alza, lo que dentro de lo malo es lo menos malo. Al cierre, el Dow Jones se apuntaba una ganancia del 0,91 y recuperaba los 12.000 puntos. El S&P 500 ganaba un apreciable 0,92% y el Nasdaq Composite recuperaba protagonismo al subir un 1,33%.
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