Siete y media de la mañana de un viernes cualquiera. O no tanto. El Hall del Hotel Chamartín, en Madrid, empieza a llenarse poco a poco de viajeros somnolientos venidos de todos los rincones. Las maletas se acumulan en un rincón mientras todos esperan las palabras mágicas: “Arranca la Semana Negra”. Y lo hace con la fuerza de los reencuentros esperados durante meses, con las ganas de dar comienzo a una semana llena de vivencias de esas que se recuerdan durante los siguientes doce meses.
Arranca el Tren Negro de Chamartín, que no es negro, pero sí semanero. Todos suben a los vagones cargados con el primer número de esta 24ª edición del “A Quemarropa”, el diario que mantendrá informados a participantes y visitantes casuales de todo lo que ocurra dentro y fuera del recinto y que lleve la etiqueta de “Semana Negra”. Carmen Posadas, Javier Márquez Sánchez, Fritz Glockner, Alberto López Aroca, José Luis Zárate y Melinda Gebbie ocupan sus asientos dispuestos a encarar las largas horas de viaje hasta el destino final. Sonrisas, saludos apocados que poco a poco suben de volumen, conversaciones que recorren todo el camino de la literatura a los viajes, algunos iniciáticos, y vuelta a la literatura, cubriendo el abanico de las pulsiones humanas. Los fotógrafos recorren los vagones buscando la instantánea que mejor defina lo que se está viviendo. Los periodistas buscan la pregunta precisa, atesoran anécdotas para dar color a sus crónicas. Y escuchan. Todos escuchan lo que el de enfrente tiene que decir, sabiendo que en una de las frases que se oirán a lo largo de los kilómetros se encuentra una perla de sabiduría, un titular, la idea para la próxima novela.
A las 11 se abre la ronda de ruedas de prensa en la cafetería. Naïri Nahapétian es la primera en hablar de sus proyectos futuros y de aquellos que les han traído a Gijón. Periodista iraní que tuvo que exiliarse a París de niña, confiesa entre risas que uno de los motivos que la impulsó a escribir novela negra fue su deseo de matar, aunque fuera en la ficción, a un ayatolá. Habla de la represión, del Irán que no se conoce ni se ve en las imágenes que filtra el régimen, de las Marchas Verdes, del deseo de ver a su país convertido en una democracia, de la convivencia de leyes contradictorias y absurdas (como la que prohíbe que hombres y mujeres se sienten juntos en un autobús pero que no dice nada de que al usar un taxi comunitario todos se sienten en el regazo de otros, sin importar sexo o credo). Sonríe e invita a seguir preguntando, a alargar un diálogo a tres bandas en el que se hace patente el buen hacer de los traductores de la organización. Pero todo lo bueno se acaba, o en este caso se pone en pausa para dar paso a otros, a que experimenten ese primer contacto con lectores y periodistas. Doce autores más que ponen sobre la mesa zombies, momentos oscuros de la historia de México, un partido de fútbol, el espíritu de “Los hijos de Mary Shelley”, un psicópata cinéfilo.
El Tren Negro sigue su camino, y al tiempo que el paisaje cambia del amarillo castellano al verde asturiano, las conversaciones se encienden, los viajes entre vagones se hacen más frecuentes, la gente pierde la vergüenza, o el sueño, y se unen a conversaciones ya empezadas. Todos ganan, y para cuando se ven las primeras casa de Mieres, primera parada de la jornada, ya hay amistades de las que durarán más de diez días. Al son de gaitas y tambores se comparte la primera comida y las primeras sidras. Un café en una terraza a pesar de un cielo encapotado que no puede apagar el calor de los que se reconocen entre iguales. Y seguir el camino, esta vez sin parar hasta Gijón, donde la banda de la ciudad recibirá a los viajeros al son de bandas sonoras que recuerdan a uno de los espías más carismáticos de todos los tiempos, invitando a todos a entrar en la espiral de fantasías, misterios y crímenes, sobre el papel, que se va a desarrollar junto al campus universitario.
Los actos institucionales, este año más cortos y fríos, se hacen eco de la polémica que la Semana Negra lleva arrastrando los últimos días. Pero todo se olvida cuando a lo lejos empiezan a divisarse las carpas blancas y donde casi esperas encontrar un cartel que diga: “Bienvenido de nuevo a casa, semanero”.
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