Mariano Guindal hace pública la carta de Trichet a Zapatero en su último libro

24/05/2012

diarioabierto.es. La carta que Trichet, el ex presidente del BCE, envió a Zapatero y que ha determinado la política económica en España hasta el momento se da a conocer por primera vez en el último libro de Mariano Guindal: “Los días que vivimos peligrosamente”.

Los días que vivimos peligrosamente, del periodista Mariano Guindal, es el primer relato en tiempo real sobre la crisis económica en España. Merkel y Sarkozy, la prima de riesgo, las agencias de calificación, el movimiento 15M, la especulación sin escrúpulos, la interminable caída de Grecia. He aquí los elementos del juego combinatorio. “El Gobierno no está diciendo lo que realmente ocurre para no alarmar”, escribe Guindal. Porque la obra escarba en lo que no se ha contado de la crisis, en las asperezas entre los líderes políticos, en los momentos en que el país estuvo de verdad al borde de la quiebra.

Hubo ciertas fechas en que España se asomó al precipicio y que marcaron puntos de inflexión (siempre hacia una situación peor) en la coyuntura económica. El 9 y el 10 de mayo de 2010, cuando Zapatero habló por teléfono con Obama y a continuación llevó a cabo el mayor recorte que había conocido la democracia. El 5 de agosto de 2011, cuando Zapatero y Rajoy acordaron reformar la Constitución para que incluyera la estabilidad presupuestaria, previa recepción de una carta del entonces jefe del BCE, Jean Claude Trichet, que determinaría el resto de la legislatura y el comienzo de la siguiente. (En este libro se publica por primera vez el contenido de la misiva.) El 10 de abril de 2012, cuando España estuvo otra vez cerca del colapso y Rajoy anunció un brutal recorte en el sector público. Fechas que vertebran una narración inconclusa puesto que la crisis aún no ha terminado.

Guindal comienza su relato con la negativa del ministro Pedro Solbes en mayo de 2006 a prestar atención a los avisos del Banco de España, que decían que “el riesgo acumulado del sistema financiero español como consecuencia de la anómala situación del mercado inmobiliario es muy superior al que se desprende de los discursos del gobernador”. A continuación y viendo que se acercaban las elecciones generales, José Blanco, el número dos del PSOE, tomó la decisión de ignorar la crisis económica para no poner en riesgo la previsible victoria electoral de 2008. En esos días siete de cada diez ricos en España habían invertido en el ladrillo. Entre los que ganaron cantidades de dinero ingentes durante el frenesí de la construcción figuran conocidos empresarios como Amancio Ortega, Rafael del Pino, José Manuel Entrecanales, Florentino Pérez, las hermanas Koplowitz, etcétera. La mayor parte de ellos agarraron el dinero y corrieron. El capital fue puesto a buen recaudo fuera de España.

Poco más tarde llegó la crisis griega, y las grandes agencias de calificación (Fitch, Moody’s, Standard and Poor’s) aprovecharon la circunstancia para lavar su imagen después de los errores que habían cometido durante la caída de Lehman Brothers, cuando mantuvieron la nota máxima del banco hasta el momento en que éste quebró. Las agencias redujeron la calificación de Grecia a bono basura y agravaron la crisis de deuda del país. Mientras tanto en el diario Financial Times se afirmaba: “El nivel de deuda y el déficit presupuestario de Grecia han ocupado recientemente el centro de la escena. Pero en España se gesta un drama en potencia aún peor”. Corría el mes de mayo de 2010 y los ataques de los especuladores contra la deuda española eran rabiosos. Merkel decía que estábamos “en los momentos más peligrosos desde la Segunda Guerra Mundial”, y Zapatero encargó al Centro Nacional de Inteligencia (CNI) que averiguara quiénes eran los autores de esos ataques. No se trataba de ningún complot, como quizá sospechaban algunos. Eran sólo tiburones codiciosos.

El 9 de mayo de 2010 la ministra de Economía, Elena Salgado, estuvo a punto de llorar durante una reunión del Eurogrupo. Salgado trató de impedir a toda costa que Bruselas impusiera unos recortes salvajes a España. Pero no pudo (se fijó una reducción del gasto público de 5.000 millones), y ella supo que ése era el fin de Zapatero. Pero ni siquiera esa cifra fue suficiente. El 11 de mayo Obama telefoneó  al presidente del Gobierno. “Tengo muy buena información sobre lo que está ocurriendo en la economía española”, le dijo, “y si España no consigue financiación de inmediato está en quiebra”. Mientras tanto Dominique Strauss-Kahn, el jefe del FMI, mantenía conversaciones con representantes de EEUU para que el país renunciara a su papel hegemónico en favor de potencias como China. Strauss-Kahn llegó a plantear la posibilidad de que se creara una divisa mundial. Ideas revolucionarias, propuestas por un socialista con mucho poder. Según algunas fuentes, la caída de Strauss-Kahn se debió a un complot de los servicios secretos franceses y alemanes en colaboración con la CIA.

El 5 de agosto de 2011 el pánico se instaló otra vez en las bolsas. La prima de riesgo española subía sin control, y se hizo necesaria una intervención del BCE. Fue entonces cuando Zapatero recibió la misiva de Jean Claude Trichet que determinaría la política económica de ahí en adelante y que llevaría al presidente del Gobierno a adelantar las elecciones. Trichet pedía que, a cambio de que el BCE salvara España de la quiebra, se llevasen a cabo ciertas reformas. En líneas generales, el BCE imponía un cambio en la ley laboral que abaratase el despido y unos recortes que aseguraran el cumplimiento del objetivo de déficit público pactado con Bruselas (petición que resume la política del Gobierno de Rajoy hasta el momento). Rajoy conocía el contenido de la carta porque Antonio Sáenz de Vicuña, el abogado general del BCE, se la filtró. De manera que, cuando Zapatero le llamó para sugerirle que se incluyera en la Constitución la estabilidad presupuestaria, no encontró ninguna resistencia en el líder de la oposición. Zapatero decidió acto seguido adelantar las elecciones para que no le ocurriese como a Papandreu y a Berlusconi, que fueron forzados a dejar el poder.

La narración de Guindal llega hasta el mandato de Rajoy. En los primeros cien días en el cargo el presidente del Gobierno del PP cometió cuatro grandes errores: cambió el objetivo de déficit para 2012 (del 4,4% al 5,8%) sin preguntar a las autoridades de Bruselas; no ocultó –e incluso Montoro lo anunció con una piza de entusiasmo—que el déficit de 2011 era superior al que había previsto el PSOE y alcanzaba el 8,5% (más tarde llegaría al 8,9%); retrasó la presentación de los presupuestos creyendo que Javier Arenas tenía oportunidades de ganar las elecciones andaluzas (cosa que no sucedió); y fue incapaz de evitar el desastre en Bankia.

Mariano Guindal, famoso por haber disparado la intervención de Rumasa y por la célebre frase “soy Mariano Guindal y tengo tres preguntas para usted” que dirigió al ministro Miguel Boyer, fue redactor jefe de Economía de La Vanguardia durante la mayor parte de su carrera. Actualmente trabaja como colaborador para La Vanguardia y El Economista, es asesor de Fedea y profesor del Máster de Periodismo Económico y de los cursos de verano de la Complutense de Madrid. Entre los premios que ha ganado figuran el Vodafone de periodismo de 1999 y el Schroeders de periodismo económico y financiero de 2007.

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