“Yo lo que espero de mi coche es que represente mi status”. Así opina un joven ‘nuevo rico’, según una investigación de Cibersomosaguas (Universidad Complutense de Madrid) y Farapi (un equipo de profesionales de la antropología social), que ha elaborado seis perfiles entre los jóvenes menores de 29 años sobre su relación con el automóvil y la conducción.
Originalmente compuesto por hombres, incluye a muchas mujeres que están adoptando patrones muy masculinos de conducción, en el sentido negativo. Este colectivo se caracteriza por un capital cultural muy inferior al económico (nivel medio –alto) y por prevalecer la idea del coche como status social, como carta de presentación.
Esa importancia material del coche como reflejo del status social y de la identidad condiciona el comportamiento de esos jóvenes al volante. Así, las multas de tráficos sirven únicamente para recaudar, para sacarles dinero. Conducir despacio puede ser peligroso: “la prudencia mata”. La siniestralidad en el tráfico se debe a causas externas, nunca a su forma de conducir.
“Os importa demasiado la imagen que dais a través del coche y vuestra manera de conducir, y esto a veces os lleva a cometer imprudencias para fardar (piques, ir demasiado deprisa, derrapar en las curvas). Y corréis el riesgo de no percibir el peligro de ir demasiado deprisa. Ante el aburrimiento, soléis darle demasiado al acelerador para activaros”, señala el retrato que la investigación hace de los jóvenes nuevos ricos cuando se ponen al volante.
En el lado opuesto a los nuevos ricos están los “ascendentes”. Se trata de un colectivo formado fundamentalmente por mujeres de clase media-baja, aunque con un nivel cultural superior a la media de sus padres (la madre ya lo tiene superior al del padre). Destaca porque la sensación principal que les da el coche es la seguridad. Les gusta conducir, respetan las normas, tienen una gran percepción del riesgo, defienden que las mujeres son más prudentes que los hombres, y son especialmente positivas cuando van de acompañantes para percibir y regular conductas de riesgo en el conductor.
Los “curritos” son jóvenes profesionales no cualificados, fundamentalmente hombres, con capital económico y cultural medio-bajo. Les gusta correr, tirar kilómetros, pasar muchas horas al volante aunque les cueste multas. Asocian el coche con la libertad, la independencia. Suelen usar más las carreteras locales para eludir los controles. Y defienden que “el conductor más peligroso es el menos experimentado”, no el que conduce más deprisa.
Un tercer perfil son las “acopladas”, mujeres de capital económico y cultural medio, para las que el coche representa un signo de distinción, una evasión, pero también es visto como “una máquina de matar”. “La gente es muchas veces como conduce. Muchas veces se conduce como eres, gente que es egoísta y no respeta lo que le pasa a los demás”, señalan. Pero se ven como “conductoras ejemplares”, aunque como acompañantes interfieren poco en la gestión del riesgo.
De precarios a cualificados
Otro perfil de joven conductor es el “precario”. Son chicos menores de 24 años, de capital económico medio y capital cultural entre medio-alto y alto. El coche funciona como un espacio de relajamiento y de evasión, que además ayuda a la hora de reflexionar sobre aspectos personales. Son conscientes de la incompatibilidad entre coche y alcohol: “O coges el coche o sales de fiesta”, comentan. Como acompañantes, suelen indicar de forma tajante que se conduzca con cuidado.
Los “cualificados” son parecidos a los “precarios”, con la diferencia de que son mayores, han superado su estadio de precariedad y adoptan una actitud más precavida, tanto en el ocio como en el coche. Se caracterizan por un alto sentido de control de su vida, de su tiempo y de su coche. Dan prioridad al sentirse a gusto en el coche en lugar de exhibirlo o vacilar. En este sentido, son diametralmente opuestos a los nuevos ricos. “El coche no representa para ellos algo imprescindible para su identidad, y su comportamiento al volante refleja una vida más estable, estructurada”, indica el estudio de Cibersomosaguas y Farapi.
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