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Opinión
Última actualización 20/01/2010@16:49:53 GMT+1

Germán Temprano

Donde no llega una niña con derechos bien puede llegar un inmigrante sin ninguno. Ya asimilado el fracaso de ese soliloquio en el que Rajoy, inspirado por el emotivo espíritu del Diario de Patricia, miraba a la cámara compungido mientras rogaba para que el futuro de su nena fuese al menos mejor que el suyo como candidato, llega la hora de desempolvar el baúl de la carcundia. Más o menos como José Luís Moreno y sus muñecos pero con todavía menos gracia. Ya es decir. La manipulación oportunista del inmigrante, despojado de su condición de persona para ser mero soporte de un slogan electoral, se antoja deleznable sin importar qué partido maneje los hilos del espantajo.

No sólo es peligroso sino además indecente. Es cierto que aquí no cabemos todos. Tanto como que siempre sobran los mismos. Eso sí, molestan cuando tenemos que prescindir de esa asistenta dominicana de la que tanto fardaba uno mientras conducía el carrito en el hiper o de esa ecuatoriana tan cariñosa que antes cuidaba muy bien a la abuela y que ahora que se ha ido es la principal sospechosa de haberse llevado un camafeo del joyero.

Gentes explotadas, sin papeles ni contratos que si para algo servían era para darnos ínfulas de los nuevos ricos que no éramos. Ahora, aunque ya hemos asumido que no lo somos, todavía nos queda algo en el calcetín para dar una limosna al mismo negrito de Haiti al que miraríamos con resentimiento sólo con verle con su madre por delante de nosotros en la consulta del pediatra.

Es tan fácil la demagogia, de un lado y de otro, que equipara los disparates de una manera asombrosa. Lo es tan sólo plantearse que niños que viven con nosotros queden excluidos del colegio por el simple hecho de no ser españoles y lo es también pregonar que la entrada de inmigrantes no tiene límites porque sí los tiene. Y porque no es fácil la convivencia salvo para quienes creen saber de ella desde sus áticos de lujo y defienden un altruismo infinito que sólo se entiende desde una pose de una presunta progresía sustentada en unos conocimientos no van más allá de su discografía de música étnica.

Quizás de una vez por todas haya que plantearse que no vengan pero no porque tengamos que cerrar nuestras fronteras. Simplemente porque no tengan necesidad de salir de las suyas. Es indignante que igual que aprendíamos los ríos en la escuela cantando tengamos que aprender la geografía de la miseria a golpe de catástrofe. Hay que ayudarles a salir de los escombros, pero no sólo de aquellos que, por desgracia, dejan los terremotos. También de los que dejan las desigualdades vergonzosas entre quienes comemos jamón y aquellos que vienen a comer las migajas de pan que nos sobran.  Y encima nos sienta mal cuando tenemos que cambiar el jamón por el chopped aunque para ellos las migajas de pan siempre sean las mismas.

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