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Opinión
Última actualización 03/02/2010@10:02:26 GMT+1
Germán Temprano
Ha sido tal la firmeza del gobierno en su defensa de la nueva edad de jubilación que igual que ayer propuso que se retrase hasta los 67 años no sería de extrañar que mañana anunciara que uno se puede acoger a una prejubilación recién tomada la Primera Comunión con apenas dos meses cotizados en preescolar. Uno, en su ingenuidad absoluta, barruntaba que estas cosas de discutían primero y se anunciaban después junto a empresarios y sindicatos. Claro que también cree a Esperanza Aguirre cuando asegura que el del exabrupto era un primo segundo de un consejero o le creyó a ciegas cuando dijo que dimitiría si en Madrid había listas de espera en los hospitales.

Qué esperan de alguien que aún no da crédito a que los Reyes sean los padres sin que él sea el príncipe Felipe. Debe ser esa misma candidez que lleva a pensar que, tras obligar a la demora en un par de años del disfrute en calidad de jubileta del bungalow de Torrevieja, la respuesta social iba a ser igual de tibia que cuando Solbes, con noble afán didáctico, desagregaba ante las cámaras el IPC del pollo. Pues no. Se ha armado el ídem y con razón.

Con razón no tanto porque no haya que abrir un debate, que igual habrá que hacerlo por motivos tanto demográficos como económicos, sino porque no es de recibo que alguien te dé una patada en los atributos para decirte luego que lo que realmente quiere es conocerte mejor. Es decir, que lo que desea es alcanzar un consenso que en buen parte te has cargado nada más asomar la patita por debajo de la puerta sin antes haber pulsado el timbre.

Que después de haber soliviantado los ánimos, cabreado al personal que sospecha que le retrasan la edad de jubilación hasta los 67 porque no va a encontrar trabajo hasta los 50, desenterrado el fantasma de la huelga general y afilado los colmillos de la oposición, el responsable de Trabajo suelte con inigualable desparpajo que hay otras vías posibles para garantizar el sistema de pensiones no dejaría de tener su guasa. Siempre y cuando, no viniera de un ministro cuyo único gracejo conocido es adelantarnos en una semana que cien mil parados más se suman a las colas del Inem. Si para saber esas cosas siempre hay tiempo ¿Qué necesidad tenemos de estos disgustos preventivos?
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