Por si quedaba alguna duda, dos sucesos de relevancia han venido a consolidar el carácter profundo y universal de la crisis económica. Tan honda que hasta una abogada de posibles con chalet en Pozuelo se ha visto obligada durante dos años a llenar por la filosa el tanque de su descapotable y tan globalizada que el propio piloto Lewis Hamilton se ha visto abocado a despedir a su padre. No como progenitor sino en su calidad de agente. Y luego nos quejamos de Díaz Ferrán. Claro que allí en las islas, como la legislación será más flexible, seguro que le ha costado apenas unas libras y además puede contratar a otro padre fijo discontinuo sin necesidad de que le abronque si llega bolinga a casa. No como aquí que te echas unos padres, cumples los cuarenta y no hay manera de echarles de casa para emanciparte como un buen español.
Claro que eso era hasta que ha llegado el nuevo plan del Gobierno para reflotar la construcción. Desde este momento, quién más quién menos, si quiere trabajar tendrá que tener los conocimientos suficientes para, al menos, levantarse un chamizo con derecho a cocina. De ese modo, por un lado se fomentará el empleo y por otro se evitará que uno celebre su jubilación, sea a la edad que sea, en el mismo hogar que le vio dar los primeros pasos.
No se trata tanto, según ha detallado la ministra, de levantar nuevos pisos ya que luego es un engorro venderlos con esa manía persecutoria que les entra a los bancos para que pagues la hipoteca. Se orienta más a rehabilitar o arreglar viviendas antiguas. Es decir, que después de tanto master en relaciones internacionales por la Universidad de Stanford ahora resulta que hubiera sido más provechoso para el futuro laboral haberse comprado todos los vídeos de ‘Bricomanía’. En esta ocasión es una pena que no seamos Grecia porque allí, con la Acropolis y el pladur que le hace falta al Partenón, el tajo estaba asegurado. De no ser así no deja de ser un riesgo dejar en mano de un sector que en buena parte te condenó a la recesión la salvación de lo que él mismo ayudó a provocar. Por no hablar de que, en el mejor de los casos, será mucho o poco empleo, pero siempre ceñido a lo que duren las obras ¿Y luego qué?