‘El árbol’, Liturgia única

12/02/2018

Luis M. del Amo. El mítico Eugenio Barba muestra en La Abadía un espectáculo sin parangón.

Imagen: Rina Skeel

La llegada de Eugenio Barba y de su Odin Teatret, es siempre un acontecimiento teatral. Tanto para quienes han visto sus funciones, como para aquellos que tan solo han oído hablar de este renovador del teatro europeo contemporáneo.

Abonado al Teatro de la Abadía, en esta ocasión Barba ofrece en Madrid El árbol, la última parte de su trilogía sobre el tiempo, la llamada Trilogía de los inocentes, centrada en este caso en el pasado histórico.

El espectáculo, que podrá verse en el madrileño Teatro de la Abadía hasta el 18 de febrero, está configurado más bien como ceremonia o ritual, muy lejos de los postulados de nuestro teatro ‘convencional’. Así, aunque lo tiene, la función del texto aquí es muy distinta de lo que suele representar en nuestra escena.

Aquí, ya desde la forma de acomodar al público, la representación se organiza con extremo cuidado. Los espectadores, en grupos de diez, son acompañados a ocupar unos asientos, montados directamente sobre grandes tubos de goma, en lugar de las más habituales butacas.

La sala, que ha sido también preparada con mimo con telas dispuestas por el techo y las paredes, y sin oscuridad total en la zona del espectador, dispone estos asientos en óvalo. Es decir, el público rodea el espectáculo; una condición muy importante, como veremos, que predispone al espectador a guiar su mirada a su antojo, en lugar de dejarse orientar por los puntos fuertes de atención del teatro a la italiana.

Por último, el texto se refiere a una especie de leyenda, extremadamente sencilla, que cuenta la historia de un árbol y de unos monjes empeñados en su supervivencia, como historia nuclear.

Liturgia única

Sin embargo, la eficacia del espectáculo no reside tanto en el texto, como en el valor litúrgico o ceremonial que cobra aquello que se representa en ese óvalo central. Una ceremonia que tiene la capacidad de arrastrar al espectador hacia un lugar único, sin parangón, donde lo importante, en lugar de la comprensión racional o meramente intelectual de lo que allí se representa, es el valor cuasirreligioso del acto representado.

Esta ceremonia, valiéndose de recitados o mantras, combina con acierto elementos de la cultura oriental, como cánticos de La India, recitados, ropajes y movimientos de diferentes lugares de Asia, con otros de la cultura occidental, como la clownesca nariz roja que lucen todos los intérpretes, el vestido de los monjes entre hippies e isabelinos, una encantadora niña con un violín, o el temible general, de botas altas y casaca, y el pelo en punta.

Una dispersión, genialmente unificada, que muestra también personajes inolvidables, como el señor de la guerra – un asiático de torso desnudo, con pantalones de camuflaje, y movimientos y expresiones terroríficas –, o la mujer que esconde sus manos bajo unas telas rojas; sin olvidar a la mujer enfundada en una cazadora de cuero rojo y con una lechuza grabada en ella; o los personajes occidentales, con el sempiterno traje de chaqueta.

Una sensacional barahúnda que evoluciona, en perfecta sintonía, rodeada por el público, y que, con sus cantos e instrumentos, logra arrastrar al espectador a un estado semihipnótico, y sumergirlo en una atmósfera más propia del ritual que las funciones teatrales a que estamos acostumbrados.

En suma, una oportunidad única de gozar de esta liturgia única, mitad teatro, mitad ceremonial.

Incomparable.

Imagen: Rina Skeel

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