Una cocina que vuelve a lo esencial

15/07/2020

Carmela Díaz.

Ubicado en el número 38 de la calle Padre Damián (frente al NH Eurobuilding), Rocacho se ha consolidado como uno de los máximos referentes de la cocina tradicional de culto al producto.  Las carnes de El Capricho a la parrilla de carbón, los pescados a la brasa y los arroces mediterráneos son los puntos fuertes de este moderno asador, un buen establecimiento para comer o cenar en la capital. Destaca también la amabilidad de su servicio que termina algunos de los platos en mesa.

Rocacho puede definirse como un asador moderno gracias a una cocina honesta en la que la parrilla de carbón de encina es la gran protagonista. Los platos son contundentes y las raciones generosas. Su nombre, que hace referencia a la roca como símbolo de pureza y sustento de toda naturaleza, es una declaración de intenciones, ya que su oferta está basada en la calidad de una materia prima esencial (carnes, pescados, arroces y verduras de muy buena calidad) y en el poder de la brasa (la piedra convertida en fuego).

¿Qué vamos a encontrar en la carta? En su propuesta sobresale la carne de res de El Capricho, que José Gordón cría y envejece en su finca de Jiménez de Jamuz (León) y que está considerada como “la mejor carne roja del mundo” por la revista Time. A la brasa se ofrecen la chuleta de vaca de trabajo -de 40 o de 90 días de maduración-, el solomillo de buey y de vaca, la entraña o la hamburguesa de buey; así como el pollo campero o las chuletitas de cordelo lechal burgalés. Son también buena opción el carpaccio, el steak tartar, la carrillada y las chacinas (cecina, chorizo y salchichón), todo ello procedente de los célebres bueyes de Gordón.

También merecen la pena pescados frescos a la parrilla de carbón, igualmente. Entre ellos, un estupendo rodaballo salvaje, la merluza en tacos o en salsa verde, el bacalao, el pixín o los chipirones de anzuelo. Entre sus arroces -servidos en paellera y con el socarrat en su punto- destacan especialmente la paella del señoret, la de cigalas y alcachofas o el arroz con carabineros. En los entrantes conviven propuestas clásicas, como la ensaladilla rusa (hecha al momento) y las croquetas, con platos más originales como el taco de cangrejo con guacamole y kimchi, la lasaña de gamba roja a la brasa o los rocachos de bacalao, cubiertos con un rebozado Orly teñido de negro con tinta de calamar emulando el carbón como seña de identidad de la casa. Destaca como acompañamiento para los platos principales la sartén de pimientos del piquillo, con tomate seco, ajos y piparras; es imprescindible.

Los amantes del dulce tienen que dejar hueco para los postres, todos caseros y algunos terminados a la vista del comensal, como las filloas flambeadas o el tiramisú con un punto crujiente y vino de Marsala. La bodega cuenta con cerca de cincuenta etiquetas procedentes de los mejores viñedos del país y algunas referencias del exterior, incluyendo una buena selección de champanes.

El entorno es elegante y acogedor con un predominio de los materiales puros, como la piedra (que viste la barra y su parrilla vista), la madera y el bronce. El espacio está distribuido en diferentes ambientes: la zona más agradable es su terraza acristalada, ideal para alargar la sobremesa (no doblan turnos y cuentan con una completa carta de cócteles y destilados premium), una pequeña zona de barra con mesas altas y el comedor, distribuido en dos alturas.

Precio medio por comensal: 60 euros

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