Fin de la cita

02/08/2013

Joaquín Pérez Azaústre.

            “Di crédito al señor Bárcenas, Señorías. Era una persona de confianza en el partido (…). Creí en su inocencia. Lo hice hasta el momento en que, a los cuatro años de iniciadas las investigaciones, llegaron datos que confirmaban la existencia de cuentas millonarias en Suiza, no declaradas a la Hacienda Pública, a nombre del señor Bárcenas”. Fin de la cita. Sin embargo, no es verdad: una vez que Mariano Rajoy tuvo conocimiento de las cuentas millonarias de su ex tesorero en Suiza, no sólo le mantuvo el sueldo y el despacho, la secretaria y el coche oficial, sino que autorizó que el partido le siguiera pagando los abogados y además le envió el famoso sms: “Luis, lo entiendo. Sé fuerte”. Fin de la cita, de la falsedad y la vergüenza pública de una sociedad atónita.

            La comparecencia del presidente del Gobierno dejó una puerta abierta al chascarrillo planetario: quien le escribiera su discurso, lo hizo con declaraciones de Alfredo Pérez Rubalcaba, y después de cada una, como unas notas aclaratorias, se podía leer: “Fin de la cita”. Pero Rajoy, que hasta cuando quiere ser informal habla como un autómata, las leyó también, y dijo “Fin de la cita” nueve veces, para regocijo y chanza de los analistas internacionales. Pero además, confirmó que una cadena de mentiras puede convertirse en su atrincheramiento. Por ejemplo, cuando aseguró: “¿Se han pagado sueldos? Sí. ¿Se han pagado remuneraciones complementarias por razón del cargo? Sí. ¿Se han pagado anticipos o suplidos a justificar por gastos inherentes al desempeño del cargo? También, como en todas partes”. En todas partes. Y tan fresco.

Ahora sólo queda una pregunta. Pero ¿este hombre qué dice? ¿”En todas partes” se pagan sobresueldos? En otros partidos, desde luego que no. Entre otras cosas, porque ha sido siempre una tradición –al menos en ciertos partidos- contribuir con el propio sueldo, mediante cuotas, para contribuir a la economía de la organización. Tampoco creo que el PP haya pagado sobresueldos “en todas partes”. Pero deben ser los otros cargos públicos electos del PP quienes se indignen por la afirmación, quienes defiendan su verdad: porque lo que ayer dijo el presidente del Gobierno, o lo que dio a entender, es que todos los cargos públicos del PP cobran sobresueldos, sí, “como en todas partes”.

Aquí, claro, el asunto es mucho más grave. Porque esos sobresueldos, siendo en dinero negro, eran un doble fraude: del que pagaba, para luego ganar adjudicaciones públicas, y del que lo recibía, que al no declararlo mantenía la apariencia de sus cuentas.

“Mis declaraciones de renta y de patrimonio de los últimos diez años están a la vista de todo el mundo, Señorías, y me parece que tienen bastante más valor que un renglón escrito al vuelo en un papel arrugado”. Fin de la cita. Y de la mentira, de nuevo: porque no se trata de un papel arrugado, sino de una prueba integrada en la investigación de la Audienca Nacional, con un informe pericial que concluye la originalidad del citado papel y su escritura ininterrumpida a lo largo de veinte años.

Lo que sí sabemos es que el único hecho probado hasta hoy es el del dinero que ha aparecido en las cuentas del señor Bárcenas en la banca suiza”. Una falsedad más, porque sabemos que Luis Bárcenas fue empleado de la cúpula del PP durante dos décadas, con nada menos que el segundo sueldo más alto dentro del partido hasta hace apenas cinco meses. Si Bárcenas no decidía las adjudicaciones de contratas para los terceros que hacían esas generosas donaciones, ¿cómo acumuló semejante fortuna? Alguien tuvo que decidirlas. Sólo había una manera: la participación desde la cúpula.

Únicamente era posible desde dentro del PP, con su complicidad o su anuencia, su cooperación necesaria o su implicación directa. Estamos, sin ninguna duda, ante el mayor escándalo de nuestra democracia, y eso que ha habido bastantes. Hay otra cosa que también molesta, no sé si todavía más: la tozudez de algunos políticos, como Mariano Rajoy y algunos de sus más entusiastas y convencidos lugartenientes, de tomarnos a los ciudadanos por completos imbéciles. Lo que, en el fondo, no es sino otra confirmación de la falta absoluta de respeto a la población y su ejercicio de soberanía.

Fin de la cita.

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