Todas las reformas corren prisa. El Gobierno que preside Mariano Rajoy lleva una carrera meteórica en aprobar decretos ley. No hay viernes que no haya una norma nueva en el Consejo de Ministros, aunque las más sonadas hayan sido la segunda reforma del sistema financiero, primero, y la reforma laboral, después. Ahora toca a las eléctricas, y veremos qué pasa porque está todo el sector que echa chispas desde que la Comisión Nacional de la Energía emitiera su informe sobre esta actividad, donde nadie saldrá indemne.
Llevamos una década cargando con el problema. La moratoria nuclear y las subvenciones a las entonces ignotas energías renovables han provocado un agujero de 24.000 millones. En eso se cifra el déficit tarifario, creado además porque el coste de producir electricidad es más alto que lo que pagamos por ella, y cada año que pasa se van sumando otros 5.000 millones. Es decir, lo que debemos a las compañías eléctricas, aunque permítanme que ponga en duda la supuesta liberalización de este sector, en manos de tres o cuatro grandes compañías que producen, distribuyen y facturan. La cuestión clave es cuánto cuesta producir electricidad, y claro según sea la fuente la respuesta varía… con lo cual llegamos a un complejo galimatías donde en muchas ocasiones obramos de buena fe y no nos queda otra que creernos lo que nos cuentan.
Evidentemente no cuesta lo mismo sacar electricidad del agua que del carbón, o de una central nuclear que del viento o el sol. No hay que ser muy experto para saber que una vez que se consiga extraer energía del sol y el viento sin excesivo coste y habiendo amortizado las suculentas suvbenciones que se han «tragado» las renovables donde, por cierto, también están metidas las grandes operadoras y algunas constructoras, el recibo de la luz no debería variar más allá de los cambios que se produzcan al pagar impuestos o a los trabajadores, porque la materia prima es el sol y el viento y, hoy por hoy, no debemos pagar porque haya sol ni sople el viento. Es más, sin aire ni podríamos respirar.
El problema de esta reforma es que hay demasiados intereses en un sector poco transparente, donde si se beneficia a unos, se perjudica a otros, aunque siempre terminamos pagando los mismos. Las estadísticas comunitarias aseguran que la electricidad en España es de las más caras de toda Europa; solo nos superan Malta y Chipre. Al menos es para reflexionar sobre que está ocurriendo desde 2007, ya que el recibo de la luz desde entonces nos ha subido más del 26% y por lo que dice el nuevo ministro de Industria, seguirá subiendo.
Ha habido malas políticas energéticas en los últimos diez años, y el país necesita con urgencia que se tomen decisiones a medio y largo plazo. En cuestiones energéticas no valen los plazos cortos, a no ser para ver qué se hace con el déficit tarifario. Hay que apostar por qué electricidad queremos. Las energías renovables parecen el futuro, más baratas y respetuosas del medio ambiente, aunque todavía les faltan unos años para terminar de madurar. Energía eólica y fotovoltaica parecen ser la solución. Pero antes habrá que dejar muy clarito cómo se fija la tarifa eléctrica, cada concepto del recibo de la luz y hasta si las grandes eléctricas del país nos «perdonan» parte algo del déficit tarifario que no provocamos los consumidores sino las malas políticas… Habrá que esperar a que el Gobierno termine de diseñar su reforma; de momento, todos los afectados están que echan chispas. Los consumidores solo pedimos que no nos suban más el recibo de la luz.
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