No siempre una imagen vale más que mil palabras pero a veces una huida vale más que mil explicaciones. La fuga de Rajoy desmiente a aquellos que sostienen que el Senado no sirve para nada. De momento pasará a la historia como escenario de un vodevil en el que se conjugó la cobardía política con la patochada extrema. Ver a un presidente del Gobierno agobiado no en busca de una solución sino de una puerta dice mucho de la confianza que genera. No vale que un día después de ese ‘presidente, tienes que hablar’, entonado por el corifeo del cuerpo de asesores, tuviera la deferencia de pararse ante los medios en los pasillos del Congreso. Aunque, bien es cierto, mereció la pena sólo por oírle decir que tiene las cosas claras cuando ha hecho todo lo contrario de lo que dijo. Más que tranquilizar estremece.
Ese firme rumbo del que alardea De Guindos ─a quien algunos juran haber visto ejercer de ministro en los pocos ratos que le dejan las entrevistas y las declaraciones─ debe ser el mismo que, por ejemplo, conduce a que el propio titular de Economía asegure que se estudia el pago sanitario en función de la renta, el partido que sostiene al Ejecutivo lo desautorice, el colega de Hacienda lo ratifique de nuevo y quien preside los Consejos de Ministros ni lo confirme ni lo desmienta. Una cosa es que don Mariano, tal y como confesó, viva en el lío y otra que quiera llevarnos a los demás al huerto de sus incumplimientos y contradicciones. Si hay un enemigo externo del país son los mercados pero si hay uno interno de este gobierno son las hemerotecas. Maldito internet que tan fácil lo pone. A golpe de clic el sonrojo llega a ser superlativo.
Y todo en poco más de cien días. Si Rajoy no entra en la Historia por su gestión, que a este paso lo hará seguro, al menos se garantiza entrar en el Libro Guinness por su escasa afición a la verdad. La penúltima joya ha sido repescar de los archivos aquel “aquí hay un presidente que va a dar la cara y no se va a esconder” pronunciado con la solemnidad reservada a los registradores de la propiedad aunque estén en excedencia. Rebobinar y escucharlo al tiempo que se le observa zigzaguear por los pasillos para evitar la gymkana de cámaras y micrófonos movería a la hilaridad si no fuera porque se trataba de saber si, entre otros detalles, los recortes van a suponer que algunas radiografías se realizarán a través de un boceto a lapicero en vez de con una máquina de rayos X por falta de presupuesto.
Cosas demasiado serias para dejarlas en manos de quienes apelan ahora a la legitimidad de las urnas sin reparar en qué quien confío en ellos lo hizo a caballo de promesas tales como no subir los impuestos a los asalariados mientras se amnistía a los forajidos fiscales, no abaratar el despido en tanto se mantiene intacto el trato tributario a las grandes fortunas, no recortar ni la sanidad o la educación, no subir el transporte antes de perpetrar un tarifazo o rendir cuentas a los ciudadanos de la situación real de su país y no esconderse debajo de las alfombras. Después de esta enumeración acaso todo sea legítimo pero a este contribuyente, y creo no estar solo, le parece absolutamente impresentable. Espero no haber sido ambiguo en la apreciación.
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