Vida de un maestro del monigote

23/11/2012

Daniel Serrano. Cuando yo era pequeño las viñetas de Romeu ocupaban un lugar destacado en el panorama del humor gráfico patrio.

  Protagonizaban sus tiras niños terribles que hablaban sin tapujos de política y de sexo y se rebelaban contra curas opresores y agitaban la bandera de toda insurgencia. No era material exactamente apto para críos pero yo lo leía a hurtadillas y disfrutaba de la irreverencia radical de esa pandilla de niñatos narigones con el tirachinas siempre asomando del bolsillo del babi. Miguelito y sus amigos luego saltarían a las páginas del diario El País, donde tuvieron hueco durante muchos años, y allí seguí disfrutando de su causticidad.

Ilustró también Romeu El libro rojo del cole, texto subversivo que la hermana mayor de un compañero mío de clase nos pasó clandestinamente tras ser secuestrado por la justicia posfranquista. Gracias, maestro.

Y ahora Romeu nos cuenta su vida y es una vida plena, llena de alegrías y, en su tramo final, repleta inevitablemente de sinsabores y hiel. Romeu se autorretrata sin esconder el dolor del declive físico, la angustia de la enfermedad, la incertidumbre de una vida profesional que tiene mucho de montaña rusa, con momentos exultantes y bajadas sin frenos.

El género autobiográfico se ha impuesto en el mundo de la viñeta. Y casi siempre con excelentes resultados. He aquí un ejemplo más.

En este caso resultará sobre todo interesante a quienes quieran recordar aquella Edad de Oro del humor en papel que supuso la Sacrosanta Transición. Papus, Por Favor, Hermano Lobo, La Jaula. Revistas para dar rienda suelta al ansia de libertad y las ganas de juerga de tantos españoles cansados del gris marengo franquista. El Perich, Ops, Cesc, Tom, Chummy Chumez, Forges… Fueron verdaderas estrellas del firmamento mediático. Algunas pervivieron, otras perdieron su brillo. No porque se les agotase el talento sino porque este ingrato país no da para más.

Trazo a trazo Romeu nos desvela su origen burgués, su temprana querencia por la bohemia, sus primeros pasos como profesional del humor, sus años de gloria en Por favor y otras publicaciones de éxito. Y sus fracasos y su gran amor (Isabel) y los perritos con los que ha compartido existencia y el calvario de hospitales desde hace muchos años y las decepciones y los viajes a mil y un destinos. El resultado es un texto que conmueve, tristísimo en muchos pasajes, feliz en otros, ilustrado con esa delicadeza a tinta china tan característica de Romeu.

El destino último de todo periódico era (cuando la última hora se editaba en papel) servir de envoltorio para medio kilo de pescadillas u ornar a modo de cagadero la jaula del canario. De ahí la obligatoria humildad del gacetillero. ¿Y el humorista gráfico?  Compañero de fatigas, instigador de mordacidades, compilador en una o varias viñetas del absurdo cotidiano. Inventor de monigotes que nos acompañan durante años desde un rincón del periódico y luego desaparecen y tal vez se les llora apenas un momento y luego la vida sigue y alguien quizás se pregunta: ¿qué fue de Romeu?

España es un país ingrato. Si no tratamos bien a nuestros grandes escritores, cómicos o artistas, ¿cómo esperar que se reconozca la labor de quienes se dedican a la compleja tarea de hacernos sonreir trazando garabatos que, en muchos casos, son pequeñas obras de arte? Vaya por Dios. Me he contagiado de la melancolía de este libro. Un libro sombrío y luminoso a partes iguales, una autobiografía con la que reivindicar a quien ideó La Liga de los Sin Bata, división de choque de la infancia libertaria.

Salvando las distancias, Romeu reinventó a escala de nuestra idiosincrasia a Charlie Brown y su pandilla. Forma parte del Panteón de los Viñetistas Ilustres de la Transición. Un respeto, señoras y caballeros. Lean este autorretrato con perrito al fondo y disfrútenlo. Y súfranlo. Porque no sólo de risas vive el hombre.

 

  • Ahora que aún me acuerdo de todo (o casi)… Romeu. Editorial Astiberri. 200 páginas.

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  • Romeu
    Gracias, has sido muy amable (e indulgente) conmigo.