Cada día, camino del trabajo le veo allí sentado, en el escalón de una portería. Pide limosna como lo hace mucha más gente en cualquier otra ciudad. Nunca reparé en él, hasta que hace apenas dos o tres días, me detuve en la acera a buscar vete tú a saber qué en mi bolso. El hombre se me quedó mirando fijamente, pensó que tal vez buscaba en mi bolso algunas monedas para darle. Sin embargo mi intención no era esa, aun así, tras no encontrar lo que originariamente buscaba, saqué unas cuantas monedas y las deposité en su mano.
El hombre me sonrió y yo seguí mi camino hacía el trabajo.
Al día siguiente al pasar por delante de ese hombre noté que me volvía a mirar, esta vez no dejé ninguna moneda pero pensé que mañana sí que dejaría alguna.
Y así fue, a la mañana siguiente volví a pasar delante de él y me detuve a dejarle unas cuantas monedas. El hombre muy educado me dijo: Gracias señorita, ¿al trabajo? Le respondí que sí. Y me alejé poco a poco, sin dejar de observar que siempre tenía el hombre la misma mochila, la misma ropa y la misma pose que los otros días.
Pocos días después volví a pasar por delante de él, esta vez me detuve a dejarle unas cuantas monedas y le pregunté si siempre estaba aquí, en el mismo sitio.
Me respondió que sí, y que no iba a moverse de ese lugar hasta que se hiciese justicia.
Como era de esperar, conociéndome, me senté a su lado en el escalón y me interesé por su historia. Me contó, sin necesidad de que yo le hiciese muchas preguntas, que hace seis meses le despidieron del trabajo en el que había trabajado 20 años de su vida, que le habían despedido de la noche a la mañana alegando pérdidas que él sabía que no eran ciertas, y que le debían la indemnización de despido y los papeles para el paro. Que se habían negado a abrirle la puerta, a dar la cara y que estaba en esa portería para pedir lo suyo cada vez que sus antiguos jefes se cruzaran con él.
Tenía el hombre 50 años y estaba en la calle. A pocos años de poder jubilarse como él quería. Sin dinero y sin trabajo. Y sobre todo sin justicia.
Me contó que esta situación la estaban sufriendo muchas más personas en el mundo, pero que esas personas se cansan y abandonan la batalla, pero que él quedaría inmóvil en esa portería hasta que le devolvieran lo suyo. Que pedía limosna para comer y nada más.
Me despedí del hombre deseándole lo mejor y con la esperanza de que ganase la batalla. Y en la acera mientras tanto la ciudad seguía moviéndose, los coches circulaban con normalidad, la gente ajena a todo acudía a sus trabajos, y yo, como parte de la ciudad me fui alejando también con dirección a mi rutina y mi trabajo.
A veces solo hace falta detenerse un poco, asomarse a otras vidas y descubrir que tras algo aparentemente tan normal o no, como es pedir limosna, se encuentra una temible historia, una batalla en la que no siempre tienen porque ganar los malos.
Me quedé con la frase de aquel hombre: Con 50 años y en la calle. Y mientras pronunciaba esas palabras yo veía a una persona que pasó de tenerlo todo a no tener nada, por culpa de aquellos a los que él un día ofreció todo su tiempo a cambio de dinero. Aun así la dignidad la llevaba muy alta, y llegué a pensar que ganaría simplemente por su constancia en la lucha de sus derechos como persona.
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