La democracia en peligro

03/02/2013

Josep M. Orta.

La democracia española está en peligro. Quizás el caso Bárcenas sirva para finalizar un negro periodo donde la democracia está corrompida. Ya es igual lo que haya sucedido lo que para mí es más significativo que la mayoría de los mortales da credibilidad a las denuncias que en el PP hay una doble contabilidad y que se pagaba en negro.

Si fuera un caso aislado podría ser una anécdota, pero los ejemplos se repiten, desde Gurtel, Palau de la Música, Camps, el presidente de la Comunidad Valenciana o el de su diputación de Castellón, el caso Pallarols…  la lista es larga.

Los parlamentarios lo han resuelto hasta ahora con  inútiles comisiones de investigación, la justicia tarda años en pronunciarse en los casos que afectan a “los señores de toda la vida” y con frecuencia sus sentencias escandalizan. Los partidos parecen contentarse rebatiendo las acusaciones con el “y tú más” mientras  coinciden en tener unas cuentas más que opacas.  Los bancos indemnizan a sus directivos con precios de escándalo, recurren al Estado para que les saque de su mal momento y en contrapartida cierran el grifo de los créditos y no les caen los anillos ni les remuerde la conciencia el reclamar que desahucien a quienes no pueden pagar la hipoteca por haberse quedado sin trabajo.

El país –con sus seis millones de parados-contempla estupefacto e impotente como cada vez destierran a más gente a la miseria mientras un selecto grupo llena sus bolsillos con unos fondos muy poco honorables.

Quizás ya es hora de que alguien se tome en serio que ha de acabar con el actual sistema para defender la democracia. Hace falta tomar medidas y la primera y ejemplar sería renovar toda una clase política caduca y viciada, reformar las estructuras de los partidos para rescatarlos de la dictadura de sus comités centrales, lograr que las leyes condenen a aquellos que cometen unos hechos que escandalizan a prácticamente toda la sociedad y que además sea rápida. Que los poderosos también puedan ir a la cárcel y no sólo los camellos que trapichean con unos gramos de droga. Que la policía también se le condene cuando abuse del ejercicio de la fuerza y sus en ocasiones desmesuradas actuaciones no sean sinónimo de impunidad. Que la prensa recupere la máxima de “la opinión es libre y la información, sagrada”. Incluso resucitar  la filosofía de aquella obra de Francisco de Rojas titulada “Del rey abajo ninguno”, y en las actuales circunstancias, el rey también.

La pregunta del millón es si realmente los poderes fácticos están dispuestos a emprender este camino y devolver a la palabra democracia su significado real. Me temo que la respuesta es “no” y que todo se acabará con la parafernalia habitual, una gran sesión de maquillaje en la que todo cambie para que todo siga igual.

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