Como la situación política y todo lo que ha salido a la luz estos días da bastante miedo, quiero apartar un poco ese tema y contaros una historia de miedo de verdad, que no sé si da más o menos miedo, pero estoy segura de que nos hará cambiar un poco de tema.
La mujer permanecía casi siempre en su mecedora. Se balanceaba con la mirada clavada en un punto fijo. Cuando llegamos a aquella casa pudimos comprobar que la oscuridad lo llenaba todo. Cada habitación, el pasillo hasta llegar al pequeño balcón estaba repleto de oscuridad, apenas había interruptores de la luz. Sin duda alguna a aquella mujer le gustaba vivir en la más temible oscuridad.
Estábamos allí por una simple razón. La mujer había requerido asistencia ya que no podía manejarse ella sola en casa. Acudimos a verificar que aquello era cierto, y en pocas palabras, a conocer la situación de aquella mujer.
Le hicimos varias preguntas, mientras ella se balanceaba en su mecedora. A ninguna pregunta nos respondía. Solo se balanceaba y miraba a un punto fijo, concretamente tenía puesta la mirada en un retrato de un hombre mayor. Pensamos que se trataba de su marido fallecido.
Más tarde, tras ver que no respondía, nos colocamos frente a ella para buscar su mirada. Pero fue imposible, la mujer parecía petrificada, como si hubiese visto a un fantasma y se hubiese quedado en esa posición y con la mirada fija para siempre en esa visión fantasmagórica.
Miré a mi compañera y me encogí de hombros. Le dije que nos teníamos que llevar a la mujer a un hospital, porque estaba ida, estaba fuera de sí. No podíamos dejar a aquella mujer en esas circunstancias, sola, en una casa oscura, y que parecía haber perdido la poca cordura que le quedaba.
Decidimos mi compañera y yo bajar en busca de una camilla, para poder llevarla directamente al hospital. Por suerte habíamos venido en ambulancia, por lo que todo sería más fácil.
Cuando cogimos la camilla, comprobamos que se nos cerró la puerta del portal de entrada, así que teníamos que llamar de nuevo al piso y no sabíamos si la señora sería capaz de abrirnos la puerta esta vez . Pero si primeramente nos abrió no tenía porqué no hacerlo ahora, antes podía estar en la misma preocupante situación.
Pulsamos en el timbre haciéndolo sonar tres veces. Nadie nos abría la puerta. Recordamos que la puerta de arriba, la de entrada al piso de la señora la habíamos dejado entornada, por lo que solamente necesitábamos acceder al portal y subir hasta la planta y ya podríamos llevarnos a la señora, que pensábamos seguía dentro de su mundo y ya no podía salir. Necesitaba ser llevada hasta el hospital con urgencia.
Decidimos molestar a algún vecino para que nos abriese la puerta. Pulsamos en otro piso, con un pitido bastó para que un vecino respondiese por el altavoz. Dijimos que íbamos a tal piso, y explicamos lo que nos había ocurrido, que la puerta se había cerrado.
El vecino quedó impresionado y nos dijo que en ese piso no vivía nadie. Que la señora Palmira murió hacía hoy exactamente un año. No dábamos crédito a lo que nos estaba contando el hombre.
Le dimos las gracias y pulsamos sobre otro piso, y una señora muy amable nos contó la misma historia.
Miré a mi compañera totalmente impresionado, no podía creer lo que estaba sucediendo.
En ese preciso instante un vecino salía del portal, así que aprovechamos para colarnos dentro, dejamos la camilla en las escaleras y subimos hasta el piso de la señora. La puerta estaba entornada, tal cual la habíamos dejado. Nos adentramos en el piso, buscamos a la señora pero allí no había nadie. Palmira no estaba. Su mecedora estaba vacía, el piso seguía en la absoluta oscuridad. La buscamos en cada estancia sin encontrarla.
Tras varias horas de desesperación buscando a la mujer, sin hallar en ese piso síntomas de vida humana… decidimos abandonar. Y antes de salir, me fijé como pude entre la oscuridad en el marco con la foto que supuestamente miraba fijamente Palmira cuando se balanceaba sobre la mecedora. Antes era la imagen de un hombre que pensamos que era su marido fallecido, pero ahora contenía la foto de la misma Palmira.
Con miedo cerramos la puerta, con un fuerte portazo y huimos de allí.
A nadie le contamos jamás que habíamos visto un fantasma, porque realmente nadie se hubiese creído la historia.
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