Préstamo de vida

26/05/2013

Susana Ramírez.

Tras darle muchas vueltas a la idea, al final, acudí al banco. Abrí la pesada puerta, nunca he entendido porqué pesan tanto las puertas de los bancos. Al adentrarme noté cómo me miraba la gente. Sentí un puñado de miradas sobre mí y me estremecí. Yo iba en pantalones vaqueros y una camisa por fuera, muy corriente y normal. Muy sola y formal.

Me acerqué a la caja principal y pregunté qué tenía que hacer para pedir un préstamo. Me dijeron que tenía que esperar a la directora del banco, que ahora estaba ocupada. Así que esperé y muy pronto me hicieron pasar a un pequeño habitáculo en el que había una mesa y dos sillas  y todo rodeado de cristaleras. Allí me senté en una silla frente a la directora, y le dije que quería pedir un préstamo. Ella me dijo si era personal. Y yo le dije que no, que era un préstamo de vida.

La directora me miró con cara de no entender nada. Y me dijo que no sabía a qué me refería con eso de “préstamo de vida”. Y yo le expliqué, que todo el mundo viene a los bancos en busca de dinero pero que yo venía a por un poco de vida. La directora se río, y me dijo que de eso no tenían, pero que si me podía ayudar de otra manera.

Le dije que quería un préstamo de vida a corto plazo, con sus intereses y todo, que los intereses podían ser sudores fríos y sueño por las mañanas. Que devolvería el préstamo a base de bien, pero que necesitaba ese trocito de vida, una vida sana y llena de sonrisa y felicidad para gastar. Que si necesitaba avales podría servirle mi vida anterior, no hay mejor aval que una vida cuidada y vivida intensamente.

La directora se llevó las manos a la cara, y me dijo que sinceramente ella no sabía de qué le estaba hablando, que tal vez necesitaba acudir a un médico o algo así, porque en el banco solamente prestaban dinero y no vida. Le dije que no podían hacerme eso, que ya había buscado en todas partes y le propuse cambiar todo el dinero que tenían ese mismo día en el banco, por una vida.  La directora me dijo que era imposible, porque una vida no tenía precio. Entonces ella y yo nos empezamos a entender.

Me terminé haciendo un seguro de vida que firmé de mi puño y letra. Un seguro para asegurar la poca vida que me quedase.

Mantuve con la directora una conversación intensa acerca de la vida y el dinero, del precio que tienen las cosas. Terminamos hablando del desamor, de que también podría existir un banco que prestase amor a gente que lo necesita. Y que cada persona tuviese su “VisaAmor” con la que acudir a un cajero a sacar un poquito de amor para ese día.

Mas tarde me despedía de ella, y al abrir la pesada puerta entendí que lo que pesaba no era la puerta sino que nosotros estamos más cansados y más viejos. Que nos falta vitalidad para abrir puertas pesadas. Por eso necesitamos todos un préstamo de vida, aunque sea pequeño y a corto plazo.

 

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