Al fin han condenado a Bretón por el asesinato de sus dos hijos. Al fin se ha esclarecido el asunto, tras tanto tiempo de estar esclarecido de sobras. Esto es como aquel dicho de: blanco y en botella. Creo que no soy la única que desde un principio supo que este hombre había actuado de forma despechada contra su mujer, para hacerla pagar por una relación que ya estaba rota, utilizando a sus hijos como cebo para la venganza.
Ella no le quería, el desamor a veces nos hace actuar de la forma que no se debe. En este caso, Bretón, un hombre desde mi punto de vista desequilibrado y que esconde tras esa falsa seguridad en sí mismo, un Bretón que no se quiere ni a él mismo, el desamor pudo con él. Hay que tener lo que tiene Bretón, ese vacío en su interior, ese alma negra, ese desamor por unos hijos, por la sangre de su sangre, para poder asesinarlos y luego fingir que se han perdido.
¿Pretendía que la jugada le saliese perfecta, y quedar libre?. Solo alguien como Bretón podría llegar a pensar que eso es posible. Que la policía es tonta, que los forenses nunca encontraría los huesos que el trató de quemar hasta hacer desaparecer. Hay que tener la cabeza que tiene Bretón, para luego mantenerse casi sin pestañear delante de toda España. Con la cabeza alta. Sin soltar lágrima alguna ni tan siquiera cuando leían en voz alta cómo Bretón, como él mismo hizo desaparecer a sus hijos.
Sí, aunque suene extraño e imposible, hay personas que no se quieren ni a ellos mismos, y por lo tanto no pueden querer a los demás. Este es el caso de Bretón. Tenía unos hijos que no deseó nunca, a los que no amaba. Se sintió rechazado por su mujer y pensó que la venganza, la más fría, era dejar a esa madre sin sus hijos, privar de vida a la sangre de su sangre para toda la vida. Hacerles desaparecer para que ni esa madre ni nadie, pudiese ver jamás a Ruth y José, dos niños que para mi forma de ver han muerto sin apenas darse cuenta. Han desaparecido, se han consumido entre las llamas solamente para servir de escarmiento, según Bretón, a una madre que lo único que deseaba era no seguir al lado de un asesino.
La condena ya está ahí, pero 40 años son pocos, no es apenas nada para pagar por la vida de unos niños cuya vida no había hecho más que comenzar. En la calle la gente le llama asesino. Yo creo que es una persona sin sentimientos, ni siquiera puede recibir el nombre de asesino, ya que dudo mucho que con esas muertes sintiese placer, sino más bien, sentiría el placer de la venganza. Un asesino disfruta matando, pero un psicópata como Bretón disfruta solamente haciendo daño a las personas que según él le dañan.
Daba miedo verle, ahí, con los ojos muy abiertos y la boca muy cerrada. Daba miedo pensar en lo que estaría pasando por su cabeza en esos instantes, cuando al fin decían la palabra que tal vez no esperaba, que tal vez no quería escuchar: CULPABLE.
Pasará los años en la cárcel, mientras aquí fuera la vida sigue. Ruth y José jamás volverán a sonreír , ni a mirar a la vida. No se enamoraran nunca ni tampoco podrán tener hijos y amarles como su padre no supo hacer con ellos.
Dentro de unos años tal vez no recordemos ya. Tal vez ya nadie recuerde el nombre del monstruo que quemó a sus propios hijos. Tal vez ese monstruo cumpla la condena de 40 años íntegra, y salga con vida y vejez de la cárcel y pise la calle. Pero sigo pensando que 40 años de cárcel no son suficientes, no son lo que cuestan dos pequeñas y largas vidas. Sin embargo, desearle la muerte a Bretón tampoco nos hará sentirnos mejor, su muerte no hará regresar a esos pequeños con nosotros.
Así que lo único que deseo yo para Bretón, es una larga vida en la cárcel. Que los días, que sus días le quemen como el acero ardiendo sobre la piel y que cada noche antes de dormir escuche las voces de sus hijos susurrándoles en el oído : ¿por qué papá? ¿por qué lo hiciste?.
Descansad por siempre, pequeños, Ruth y José.
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