Por esas paradojas de la vida ha sido precisamente el ministro de Exteriores quien más ha iluminado los interiores que rigen los pensamientos de Rajoy. Como jefe de la diplomacia que es hubiera quedado feo en Margallo decirlo tal cual, pero, en síntesis, ha venido a aclarar que el presidente irá al Congreso a dar explicaciones cuando le dé la real gana. A estas alturas de hartazgo ya casi lo de menos es que vaya o no pese a que radicales y antisistema de la catadura del Financial Times o The Economist, que llega a acusarle de ser responsable de los ‘sucios secretos’ de su partido, así lo piden. El núcleo de esta perversión democrática radica en considerar que uno debe ir no cuando lo demanda la sociedad al calor de graves sospechas sino en el momento que uno saque algo de tiempo o de ganas. Rajoy valora las urnas en lo que tienen de parapeto para sus engaños electorales o para atrincherarse en su nula voluntad de detallar lo que, diga lo que diga, todavía no ha detallado.
Eso de presumir ante los ministros europeos de barra libre para todo con el único argumento de la aritmética electoral tiene mucho de pueril, una especie de ‘Santa Rita Rita lo que se vota no se quita’, y aún más de soberbio y autoritario. Un ejemplo mayúsculo de lo que Muñoz Molina, en su rabioso desahogo ‘Todo lo que era sólido’, achaca a la absoluta falta de pedagogía democrática que, conlleva, entre otras distorsiones, que para el jefe del Ejecutivo rendir cuentas al Parlamento lejos de ser obligación sea engorro. Que Rajoy y su equipo den tantas vueltas al calendario, formato o contenido de la comparecencia sólo logra incrementar exponencialmente la sospecha de que no las tienen todas consigo. Si todo es tan resplandeciente, si no hay nada que esconder, si Bárcenas actuaba como célula unipersonal en Génova sin el conocimiento, o por lo menos la vista gorda, del entorno nada habría que temer. Es más hubiera ido uno sin dar margen a los demás a que lo pidieran.
Ni lo ha hecho a la primera ni a la segunda ya tal y, es más, incluso ha creado escuela en el partido ya que Cospedal, que tiene por ahí 200.000 eurillos fuera de control, tampoco está por la labor de disipar en la Cámara de Castilla La Mancha una sospecha tan grave. Lo que se lleva es lo de siempre. Aguantar hasta que cualquier estadística maquillada sobre el empleo o las exportaciones de pimientos corra un tupido velo sobre el chanchulleo y el desmán contable. Al fin y al cabo el pensamiento mollar tanto del presidente como de sus palmeros debe ser que nada importa más allá de salir de la crisis.
Como si sólo fuera económica y no afectara a la ética y la moralidad de quienes, en delegación de los electores, han de gestionar sus intereses. Y me refiero a los de los ciudadanos, no a los propios. Nada mejor, por oportuno y a modo de homenaje, que acabar con unas palabras de la periodista Helen Thomas, recientemente fallecida y que durante medio siglo cubrió los actos informativos de la Casa Blanca: «Respeto la presidencia, pero nunca trato a los funcionarios públicos como un objeto de adoración. Nos deben la verdad». Pues en ese aspecto este país tiene un presidente de lo más moroso.
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