El tren de Santiago

26/07/2013

Joaquín Pérez Azaústre.

La tragedia terrible con su nudo palpable, tras la plasticidad de unas imágenes repetidas, narradas, en un dolor sin freno. El accidente de tren ocurrido a cuatro kilómetros de Santiago de Compostela ha descubierto, otra vez, lo mejor de nosotros: la gente ha salido de sí misma para bajar el terraplén del frío, después del gran estruendo, con mantas y toallas, botellas de agua, tablones de madera que pudieran servir como camillas y cualquier material para un primer auxilio. Llama la atención que esa prontitud de la respuesta ciudadana se ha adelantado, incluso, a la llegada de los servicios médicos o de los bomberos compostelanos, que rompieron su huelga para intentar salvar a los viajeros que todavía latían entre el amasijo de placas y rieles.

Pero ha sido la gente –esa misma gente que dice, al final de Las uvas de la ira, de Steinbeck, que antes o después saldremos adelante, “porque somos el pueblo”- la que ha asombrado al mundo con ese ejercicio de generosidad instantánea, que ni siquiera pierde tiempo en pensarse a sí misma, sino que se lleva a cabo. Viene sucediendo en los últimos meses, y también de otras formas: mientras que desde los mensajes más o menos oficiales todo se somete a un criterio de rentabilidad productiva –como si todo lo hermoso y noble de la vida pudiera valorarse en función de su rendimiento económico-, la población recupera formas de convivencia, de solidaridad y de entrega que nuestra avasalladora sociedad consumista parecía haber olvidado. Se ha recuperado, de alguna manera, la vida de barrio, esa preocupación por el vecino, que antes acababa en una hostilidad. Se han creado cadenas de alimentos, de pisos para ayudar a gente desahuciada, se ha vuelto a mirar con más altura aquello que nos sobra y otros necesitan. A nivel popular –no político-, esta crisis está sacando lo mejor de nosotros.

Pero éste no puede ser el único mensaje, ni desde la oficialidad ni desde los medios de comunicación: especialmente, los públicos. Hace falta una comunicación más directa de las autoridades, para explicar las condiciones de seguridad existentes antes del desastre. En cuanto a la investigación, sería deseable que no volviera a ocurrir lo sucedido después del accidente del metro de Valencia, hace siente años, con esos 43 muertos y todas sus familias, que siguen esperando, todavía, que se depure alguna responsabilidad. Aquí parece claro el exceso de velocidad, pero también podríamos preguntarnos –y preguntar a los expertos- si una curva tan cerrada es procedente en un trazado de alta velocidad. Tampoco vendría más saber qué controles psicológicos establece la RENFE para los conductores, porque nos ponemos en sus manos, o por qué ese tramo no tiene ERTMS, el sistema europeo para controlar el tren automáticamente en caso de exceso de velocidad: el Semaf, Sindicato de Maquinistas, ya ha asegurado que el terrible accidente podría haberse evitado si se hubiera activado ese sistema.

Demasiados interrogantes, en fin, para la opacidad a la que nos viene acostumbrando este Gobierno y sus prolongaciones autonómicas. Ana Pastor, ministra de Fomento, apenas ha hecho una declaración mínima, con menos información de la que uno puede encontrar en cualquier periódico. Está muy bien hablar de la generosidad cívica, pero no puede esgrimirse como una nueva cortina ensangrentada con que disipar el humo de las auténticas preguntas. Como recordamos antecedentes de circunstancias parecidas, tenemos que exigir la mayor transparencia no sólo en el Gobierno y en su investigación, sino también en TVE, que es capaz de dedicar dos telediarios completos, sin aportar ningún dato realmente informativo, pero enfocando detalladamente el gesto de dolor de cada víctima.

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