¿Por qué esperar a lo peor para sacar lo mejor? ¿Por qué este pueblo, el español, solo proyecta su grandeza en las situaciones más extremas? Somos un país excepcional, aunque algunos, los menos, nos intentan hacer creer lo contrario a menudo.
La verdadera esencia de las personas, el calor de los corazones humanos, se muestra en las circunstancias difíciles. Y de esto, por desgracia, sabemos un rato. Hemos sufrido en la Historia contemporánea tragedias durísimas que nos han puesto a prueba; entonces, y solo entonces, los españoles acabamos demostrando nuestra fortaleza, nuestra inmensa solidaridad.
Los gestos anónimos y desinteresados son lo más grande. Urgencias colapsadas para donar sangre, policías heridos que permanecen en la zona cero para ayudar, médicos desempleados que acuden a echar una mano, bomberos en huelga que aparcan sus problemas para colaborar, enfermos que piden el alta voluntaria para ceder su cama a las víctimas, hoteleros que ofrecen habitaciones gratuitas a las familias afectadas, vecinos que vuelan raudos a auxiliar a los heridos, personal de diversos servicios públicos que interrumpe sus vacaciones para cooperar… Precisamente estos colectivos, sanitarios, enfermeros, médicos, policías, bomberos, guardia civil, a los que el Gobierno está asfixiando en los últimos meses, son los que ayudan a los españoles cuando más lo necesitan.
La solidaridad del pueblo español está contrastada: año tras año encabezamos la lista de donantes de órganos, de donaciones de sangre, de donativos al tercer mundo… Es decir, que además de en circunstancias críticas, el altruismo y la generosidad son una constante en nuestro comportamiento. Cuando nadie nos dirige, nadie sesga, nadie manipula, cuando la espontaneidad fluye, no hay diferencia que valga: somos capaces de ayudarnos y salir adelante sin intermediarios. No solo nos llevamos de maravilla, sino que nos convertimos en ejemplo mundial de solidaridad.
Si los españoles, seamos como seamos, tengamos la ideología que tengamos, pensemos como pensemos, nos propusiésemos como norma -tanto en la vida pública como en la privada- la ejemplaridad demostrada en tantísimas ocasiones excepcionales, seríamos imparables, además de admirables.
¿Y si nos obligamos a proyectar tanta energía y positividad cada día? Si esta calidez humana, esta garra, esta unidad, la redirigimos en todos los demás aspectos de los asuntos capitales, seríamos capaces de realizar cosas extraordinarias.
No esperemos a las desgracias para exhibir todo lo bueno que llevamos dentro; tampoco esperemos a hacer feliz a las personas que nos importan para cuando ya sea demasiado tarde. De igual modo que la vida es frágil, pero inmensa -debemos exprimirla cada día para no tener que lamentar lo que pudo haber sido y no fue- España es compleja, pero grandiosa: construyamos sobre valores sólidos, sobre lo que de verdad importa, para estar orgullosos de lo que somos y de lo que seremos, impulsados por el tesón de los que conformamos esta gran Nación.
Seamos héroes anónimos en cada pequeño gesto, en cada humilde detalle de nuestra cotidianidad. Ayuda, cariño, humanidad, fraternidad, desinterés, cercanía, apoyo, unidad. Todos a una. Este sí es mi pueblo, este sí es mi país. Esto sí es España.
PD. Dedicado a todas las vidas que se marchan sin decir adiós y a los que se enfrentan a lo más doloroso: afrontar el mañana sin una despedida.
Esta humilde pluma descansa unos días. Nos reencontramos a la vuelta.
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