Es tal el arraigo de las dos Españas machadianas que ya, más que helar el corazón, ruborizan y espantan. La traslación de esta casi salomónica división no respeta ni tiempos ni espacios ni vivos ni muertos. Con excepciones, que las hay y a las que uno se aferra como a un tapón de corcho en un naufragio, la alineación entre pro-maquinistas y anti-maquinistas en la tragedia de Santiago ha sido el penúltimo y lamentable ejemplo de esta ancestral confrontación. El paso de los segundos, ya todo un mundo en esta vertiginosa vorágine tecnológica, lo único que logra es acrecentar el abismo como si, lejos de razonar o convencer a través del argumento, se tratara de tirar más fuerte de la soga hasta arrastrar por el suelo a los otros. Y así quien empieza medianamente cauto acaba desaforado en cuanto toma partido más movido por la oposición al contrario que por el convencimiento propio.
Si alguien se encastilla en que el maquinista no tuvo nada que ver de ninguna de las maneras no es descartable que hasta su misma confesión en sentido contrario no sirva para dar el convencimiento a torcer. A quienes aspirábamos a ser algún día periodistas se nos decía que nunca dejáramos que la realidad nos estropeara un titular. Eso, a día de hoy, se hace extensivo con independencia del género, el número, el oficio o el estado civil. Si de ley es destacar y elogiar hasta la extenuación la solidaridad de los vecinos y los profesionales en paro, de vacaciones o en huelga que acudieron de inmediato, o el buen hacer de los servicios públicos, también lo es denostar esa espiral de insinuaciones cuando no acusaciones directas entre quienes gestionaron y gestionan la seguridad y las infraestructuras ferroviarias en general.
Si la maldita curva fue trazada con Blanco de ministro pero el proyecto en sí databa de otro gobierno sólo importa para calibrar la catadura, más moral que política, de quienes profieren semejante cruce de inoportunos disparates. Si existe un vídeo en el que se ve cómo descarrila el tren obligación de los medios de comunicación es hacerlo público simplemente porque es una noticia de alcance. Lo que no parece tan necesario es recrearse en ello hasta convertir apenas unas imágenes de diez segundos en un doloroso y horrible sinfín. Los toros, desde la barrera, se ven tan bien como los informativos desde el sofá.
En su derecho está cada cual de concluir lo que considere, pero, aun siendo consciente de la dificultad que entraña esta cobertura, incluso para los compañeros de informativos que, como los ricos de la serie, también lloran, habrá que convenir que, aunque jamás hubiéramos querido que así fuera, este terrible suceso ha delatado los despojos que han quedado de una televisión pública totalmente desbordada por los acontecimientos, principalmente cuando más falta hace reaccionar que es al momento de suceder.
No hay palabra alguna que consuele a familiares y amigos del enorme vacío que dejan los ausentes. Que ellos son lo primero se da por descontado. Sin embargo, sí hay palabras para exigir que esta atención que ahora merecen no se apague a la vez que se apagan los focos de las cámaras. Y esa atención precisa de recursos como los precisa un medio de comunicación público, la extinción de un incendio en un monte o la seguridad de una vía de tren. Nadie dice, al menos quien esto escribe, que haya sido la causa del desastre, pero sí que escatimar en la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos es, a corto, medio o largo plazo, una pésima política porque incrementa un déficit social que no se mide en asépticas cifras que fija la UE sino en las estrecheces y dificultades que millones de familias pasan a diario. Y esas previsiones, a día de hoy, son siempre a la baja.
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