Aquella tarde el amor terminó, como si se tratara de una película. Y él no se quedó a ver los créditos. Y echó a andar por las calles, como un alma que busca al diablo, que busca otras piernas infinitas sin restricciones de edad, sin explicaciones y sin excusas.
Su amor había caducado. Era una historia muy extraña. El amor con ella era como una nevera llena de productos con la fecha de caducidad cumplida. Acariciaba sus piernas, sobre las finas sábanas de una cama que era su condena. Y las acariciaba, pero sentía ese mismo terror, como cuando abría la nevera y leía la fecha en los productos caducados. Esa duda a comerlo o no. Esa incertidumbre al qué pasará si devoro esas caricias, es posible que mañana no ocurra nada y que el día sea exactamente igual al anterior.
Por eso había roto con todo. Y se lo dijo muy serio y mirándola a los ojos: El amor se ha terminado. Y ella se lanzó a su pecho y lloró sobre él. Las lágrimas de ella eran como balas directas al corazón de él, que no soltó ni una sola lágrima, porque llorar a los amores rotos estaba prohibido.
Caminaba sin rumbo. Ahora la ciudad le mostraba mil caminos y podía elegir y dudar. Podía enfrentarse a sus propias decisiones. Ahora era tan libre que se emocionaba. Fantaseaba con historias de cuerpos nuevos, con la aventura de amores en flor, con unas piernas nuevas por estrenar, y unos labios tan jugosos como el bocado a una sandía. Frescos y llenos de sabor.
Sin embargo, cuando avanzaba el día se empezaba a sentir un poco más cansado. Se sentó en el banco de una plaza y su cabeza comenzó a dar vueltas. Empezó recordando los besos perdidos. Ese cuerpo que una vez amó y que fue solamente para él. Echó en falta esa palabra precisa, cuando la vida se hacía un mundo y los problemas acechaban en la puerta. Echó de menos su calma, su forma de acariciarle la nuca y decirle: Todo pasará pronto.
Entonces un sudor frío le recorrió la espalda. Se sintió como un niño pequeño y perdido en medio de la nada. Miró la pantalla de su teléfono. Ella no había llamado. ¿No le echaba de menos?. ¿Qué estaría haciendo ella ahora? ¿Estaría ya en otros brazos?
Los celos se empezaron a apoderar de él y no pudo hacer otra cosa que echar a correr dirección a casa. Al llegar y abrir la puerta la encontró allí, sentada y perdida. La abrazó. Ella aún no había recapacitado de lo ocurrido, mientras que él había caminado fantaseando con otra vida nueva que desconocía, hasta que sucedió lo que debía suceder: echarla de menos.
La miró y le dijo que había tenido miedo a perderla. Ella volvió a sonreír. Él se acercó a la nevera y empezó a tirar a la basura todos los productos caducados. La cogió de la mano y se fueron al supermercado a llenar la nevera de caricias nuevas y llenas de futuro.
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