Una completa escapada a Irlanda

29/08/2013

Carmela Díaz.

Centro de DublínA tan solo dos horas de vuelo desde España, es muy recomendable hacer una escapada a un país de gentes amables que cuenta con múltiples atractivos: paisajes con encanto, bosques y acantilados, lagos y colinas, míticas leyendas, espíritu celta, compras apetecibles, montañas y playas de arena, buena cerveza, mejor whisky, y una capital, Dublín, donde la música y el magnífico ambiente callejero destacan sobre cualquier otra cosa.

Si cuentan con cinco o seis días y gustan de una escapada que ofrezca variedad y calidad, Irlanda en un excelente opción. Los imprescindibles:

 

Acantilados de Moher y Galway: en la costa oeste de la isla se alza lo que para muchos constituye el paisaje irlandés más impresionante. A lo largo de ocho kilómetros y sobrepasando los doscientos metros de altura, la visión de esta interminable sucesión dublin2de acantilados y su simbiosis con el océano Atlántico es sobrecogedora. Además, el camino pesquero que conduce hasta ellos atraviesa pueblos tradicionales como Kinvara y castillos normandos. Se puede aprovechar la estancia en esta zona para visitar Galway, capital cultural de Eire, una ciudad repleta de canales -descrita por el escritor W.B. Yeats como la Venecia del oeste-, colorista, vibrante, inundada de artistas, de bohemios y con un espíritu libertino que se respira en cada rincón, plaza y canal.

Calzada del Gigante y Belfast: la capital de Irlanda del Norte -perteneciente al Reino Unido- es parada obligada en toda visita a la isla. Protagonista de la Historia contemporánea, lleva sobre sus espaldas décadas de enfrentamientos entre católicos y protestantes que han marcado el carácter y la vida de sus ciudadanos. Tras dos horas de camino desde Belfast -repleto de grandiosos paisajes naturales y de pueblos pintorescos como Ballintoy– se alcanza la Calzada del Gigante, un espectáculo natural creado hace sesenta millones de años tras una serie de erupciones volcánicas, que elevaron un bosque de columnas basálticas y de formaciones geológicas de prismas hexagonales único en el mundo.

Wicklow, Malahide y Howth: se trata de excursiones imprescindibles en la zona este de la isla. El área verde de Wicklow es conocido como el jardín de Irlanda por sus parajes de cuento, sus ríos, colinas, lagos, infinitas variedades de árboles, flores, vegetación… Además, es ideal para todo tipo de actividades al aire libre como senderismo, bicicleta, golf y pesca.

En un mismo día se puede visitar el castillo de Malahide y su agradable villa con numerosas tiendas, cafés y restaurantes y el tranquilo pueblo pesquero de Howth, pura calma y paz, donde tras caminar hasta el faro o por sus verdes alrededores, es obligado embarcar para un paseo por la bahía mientras se otean focas, cormoranes, e incluso en ocasiones, ballenas. De regreso al pueblo, nada mejor que sentarse en uno de los coquetos restaurantes del muelle para degustar unos mejillones, almejas, berberechos, calamares o pequeñas cigalas recién pescados.

dublin3Dublín: la capital irlandesa es el sitio ideal para olvidar penas y dedicarse al comer, al beber, al bailar y al cantar. Es una ciudad viva ¡¡¡mucho!!! No se trata de un tópico: si consideran que España es el paraíso de los bares, déjense caer por los pubs irlandeses. Decenas, docenas, cientos, miles… Si lo que desean es darse un capricho, deben alojarse en el céntrico hotel Westbury. El turístico Temple es parada imprescindible, pero en cualquier calle dublinesa los genuinos pubs de los lugareños -tales como The Hairy Lemon, M.J. O´Neill o The Duke- hacen las delicias de cualquiera. El centro es para caminarlo: no dejen de visitar el Trinity University y su extraordinaria biblioteca, las comerciales Grafton y Henry St., la arteria principal, O´Connell, con su característica Spire -visible desde muchos puntos de la ciudad-, el peculiar centro comercial de Stephen´s Grenn con sus vidrieras, estructura metálica y balcones ovalados, el magnífico parque urbano que le precede, el castillo, la catedral de St. Patricks,  de cruzar los puentes sobre el río Liffey  y de tomar un buen café irlandés, un Jameson o una pinta de Guiness en locales como The Church, The Bank o el Café en Seine.

Y mientras pateas el centro, parando a cada segundo para dejarte llevar por la música en directo de jóvenes y no tan jóvenes que cantan como los ángeles, tocan la batería, la guitarra, el bajo, la armónica o lo que les echen, no puedes dejar de reflexionar sobre cómo determinados petardos -puro producto de marketing de discográficas- son ídolos de masas, y semejantes artistazos o compositores pueden pasar por la vida sin hallar su merecida oportunidad. Debería estar prohibido.

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