Escribía las noches de tormenta con la lamparilla encendida. Siempre a mano la copita de vino. Cada trueno me recordaba al estallido de placer en tus caderas. Recordaba tu pelo negro y largo rodeando mi cuerpo. Me decías que siempre, en nuestras citas llovía a mares y caían truenos. Yo te decía que el cielo se enfadaba y me tenía celos, que ese era el único porqué de las tormentas.
Era todo tan bello. No me hacía falta escribirte para traerte a mi lado. Estabas ahí. Te tenía a un palmo de mi cuerpo. Siempre lloraba sobre tu hombro. Tenía miedo a que un día el amor se terminase. Me decías que no pensara en ello, y que viviese el momento. Pero yo quería que todos los momentos de mi vida fuesen como ese instante. Con la tormenta de fondo y tu cuerpo casi desnudo siendo la lluvia en mi cama, en mis sábanas.
Ahora, en la soledad, escribo. Hay tormenta. El amor parece que se terminó. Todo se termina y es algo que he aprendido y tengo asumido ya. Un día ya dejamos de vernos. No tenías tiempo, decías. Nuestras citas cesaron, se terminaron. Las tormentas empezaban a cesar también. Y yo no lo soportaba. Así que me encerraba en mi habitación, con ventanas cerradas a cal y canto y mi copa de vino. Y así te fui olvidando, poco a poco. Te escribía historias y versos que casi siempre terminaban escondidas en el disco duro de mi ordenador.
Luego las tormentas regresaron, era el invierno de 1992. Te pensaba. ¿Dónde estarías ahora? Estallando como la tormenta seguramente pero… ¿sobre qué cuerpo?. Me preguntaba una y mil veces si los días de tormenta y lluvia pensabas solo en mí. Si alguna vez habías estado tentada de llamarme, de venir a casa, o de enviarme un mensaje al móvil.
Nunca supe de ti, hasta ahora, que tampoco sé nada. Absolutamente nada. Han pasado ya muchos años, y te sigo queriendo y recordando como el primer día. Sigo fantaseando solo contigo. Y me pregunto siempre si a ti te pasa esto que me pasa a mí. Imagino que no, porque no llamas, no me envías ninguna señal.
Así que los días de tormenta te escribo. Con la certeza de que un día tocarás a mi puerta, con el pelo empapado y la cara envuelta en lágrimas. Yo abriré y te fundirás en mi abrazo. Entrarás en casa, con los pies descalzos y mojados. Iremos hasta la cama. Mirarás mi ordenador encendido y la copa de vino al lado. Leerás muy deprisa unos versos que te escribo, hasta caer sobre la cama conmigo. Y tumbados en la cama, nos miraremos a los ojos, mientras estalla la tormenta y me dices, que llevas todos estos años soñando con este momento y con el sonido de los truenos.
Alcanzaré la lamparilla con mi manos, y la apagaré. Como ahora mismo hago, para escribirte con la única luz de los relámpagos.
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