El Príncipe Felipe, Botella y la autocrítica

11/09/2013

Carmela Díaz.

Príncipe FelipeLos que finalmente acaparan focos y flases ante la opinión pública no dan la talla. He defendido sin tregua a las personas anónimas de la delegación española que fueron a trabajar duro a Buenos Aires -con jornadas laborales maratonianas-, pero hoy es momento de la crítica y la reflexión. Porque doce años para intentar convencer a cien personas y no conseguirlo es para recapacitar. Sin obviar que el CIO está bajo permanente sospecha de corrupción -nadie está libre de los dichosos sobres- o que los intereses económicos y geopolíticos priman sobre los deportivos en sus elecciones.

Pero si los miembros CIO se pasan por el forro los valores olímpicos y el mérito de una potencia deportiva, es su problema. El nuestro es que no pintamos nada en el panorama internacional: cuanto antes lo asumamos, antes podremos poner remedio.

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Carmela Díaz

Si los políticos que nos representan ni siquiera dan la talla en el pachangueo institucional español, el ridículo que hacen allende nuestras fronteras es legendario. Que el señor Rajoy trate con idéntico desdén que a los medios patrios  -rígido, con papeles y sin un mínimo guiño al idioma inglés- a organismos internacionales de primer nivel, o que la señora Botella jamás esté -ni estará- a la altura, implica consecuencias, pero esto apenas se trata de algo anecdótico.

Ahondemos en el corazón del problema: no nos toman en serio. ¿Y por qué? Porque carecemos de credibilidad. La Corona azotada por escándalos de corrupción y por un rey que en los últimos tiempos ha errado más que acertado, el partido en el Gobierno a punto de dinamitar por una financiación ilegal y un reparto de sobresueldos en B que afecta a su estructura desde el núcleo. Del partido de la Oposición mejor ni hablar, porque además de ser una caricatura de sí mismo, se halla inmerso en el escándalo infumable de los ERES. Cuando intentas explicar en países solventes el cachondeo de las autonomías, es que se mean de la risa -por no llorar debido al despilfarro público que suponen.

El desprecio sistemático a la esencia de la democracia culmina el súmmum de nuestro desprestigio: sin ir más lejos, sobre la tribuna de oradores de Buenos Aires, había dos ponentes, DOS, que no han pasado por las urnas para ostentar el puesto institucional que ejercen. Porque como estos lumbreras y sus asesores se crean que los que mandan de verdad pueden ser engañados como corderitos -cual de si de borreguiles ciudadanos españoles se tratase-, van listos. Cuanto menos, los miembros CIO  leen prensa y están informados. Mucho. Los integrantes de gobiernos solventes y organismos internacionales clave, también.

Zapatero inició esta debacle, pero Rajoy de momento no ha podido -o sabido- enderezarla. Magníficos -e impecablemente producidos- efectos especiales con banderitas de colores y fuegos artificiales no cuelan frente a la cantidad de despropósitos acumulados arriba descritos. Quizá la obsesión por la austeridad -para justificar la candidatura internamente- haya supuesto un error de estrategia: se trata de convencer de que los Juegos que organizará tu ciudad serán los más esplendorosos, grandiosos y espectaculares jamás vistos. Y un país con graves problemas económicos haciendo hincapié en presupuestos ajustados, transmite todo lo contrario.

Pero de cada derrota hay que extraer lo positivo. Espero que esta humillación sirva de correctivo para que una casta política sin rumbo asimile que en España hay que proceder a una regeneración institucional sin dilación alguna.

Y también hemos comprobado que cuando eliminemos toda la basura que nos rodea, habrá esperanza. En contraposición con el bochorno partidista sobre la tribuna, hemos mostrado al planeta la valía de representantes de una generación preparada, políglota, triunfadora, profesional, cosmopolita… Pau Gasol es una garantía de éxito, de compromiso y desinterés. Y Felipe de Borbón eclosiona como un representante excelente -ojo, que es lo que de él esperamos, ya que ha dedicado toda su vida a ello-. Doy fe que ha trabajado como nadie, metiéndose a todo el mundo en el bolsillo con su empatía, saber estar y plena disposición. Desconocemos si llegará a reinar, pero como candidato a una jefatura de Estado yo posiblemente le votaría… Comparen al Príncipe con los ejemplares que pululan por nuestras instituciones y organismos públicos. No hay color.

PD: Feo, feísimo gesto el de las autoridades no acompañando al resto de la delegación en el vuelo de regreso.  ¿Hubiesen salido por patas en caso de haber conseguido los Juegos, privándose de laureles triunfales, entrevistas a tutiplén e imágenes de gloria para la posteridad? Pues eso. Qué falta de señorío, por Dios…

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