Tras el olímpico ridículo de Buenos Aires se ha abierto de nuevo la veda para menear el avispero del PP madrileño de cara a las elecciones domésticas. Por lo visto Botella ya no vale (no como el día anterior al fracaso que era una admirable estadista) y hay que rebuscar en el fondo de armario. De momento lo más moderno que han encontrado como alternativa viene a ser la traslación política de las hombreras de los ochenta. Es decir, la joven esperanza de la derecha que representa sin duda, y valga la redundancia, la incombustible Esperanza. Mientras se deja querer sin decir ni sí ni no sino todo lo contrario lo que podía hacer, y bien que sería de agradecer en aras del interés general, es decirnos qué tipo de convenio ha firmado para gozar de tan envidiable flexibilidad de horario en su empresa. No hay sarao de las fuerzas ‘vivas’ con más de dos cámaras y otros tantos micros que se pierda. Debe ser que caza a los talentos según baja a tomar el cafelito de media mañana.
Una vez desahogada esta digresión, motivada por la insana envidia, no estaría de más constatar que, aunque a bote pronto no parezca un argumento de alta talla intelectual, es pertinente recordar que “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Es decir, que con independencia del cartel electoral, la raíz del desastre, y en Madrid tanto en su región como en su capital es notorio, radica en una política que primero despilfarró sin medida, luego cargó el esfuerzo de la hecatombe en las clases más desfavorecidas, al tiempo que se preservaban las canonjías fiscales para los más pudientes, y hoy, de manera aún más indignante que antes, pone en venta el patrimonio público edificado con los impuestos de casi todos para beneficio de unos pocos.
Esa secuencia la comparten doña Ana y doña Esperanza por mucho que una hable inglés fatal y la otra lo borde. Las pugnas entre las vanidades de los candidatos son su exclusivo problema. El de los demás, sean mayorías silenciosas o minorías ruidosas, son más numerosos y de mayor calado y no se solucionan por ser muy dicharachera y prestarte a salir en la foto vestida de chulapa o de lagarterana. Hay que admitir que en estas disciplinas doña Esperanza es más que competitiva. Como también hay que reconocer su descomunal desparpajo para airear sin pestañear su enorme bochorno por la corrupción cuando presidió un Gobierno que fue caladero interminable de probadas ‘mordidas’. Por supuesto doy por hecho que fue a sus espaldas, pero alguien del PP, a ser posible Floriano que tiene más gracia, debería explicar por qué Griñán debía estar al tanto del escándalo de los ERE y Aguirre o su segundo no de los flagrantes trapicheos de la Gürtel. O a setas o a rolex.
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