¡No os engañéis! Ni se os ocurra dejaros intimidar jamás por portadas de mujeres irreales: cualquier fémina medianamente atractiva, pasando por el proceso de chapa y pintura de semejantes equipazos de profesionales, puede eclipsar a cualquier top model que se le ponga por delante. No es coña. Del exceso de Photoshop y las ridículas féminas de cartón piedra ya ni hablamos.
A todos nos gusta lucir un aspecto saludable, cuidar nuestra imagen y vernos -y que nos vean- con un físico atractivo. De ahí, a retocar imágenes hasta límites que rozan el ridículo y a obsesionarnos con estampas imposibles que sólo son alcanzables vía cirugía virtual, hay un mundo. ¿Será porque nos ha tocado vivir en una sociedad donde todo es manipulación y no sólo en las instantáneas?
Una cosa es mejorar artísticamente una imagen -enfoque, matices de color, iluminación adecuada-, incluso es aceptable eliminar algún defectillo que afea el resultado -vello fuera de lugar, barba mal recortada, granito inoportuno-, en definitiva, corregir imperfecciones que se podrían liquidar con cualquier tratamiento de belleza. Y otra muy diferente manipular la imagen hasta el punto de cambiar la percepción real de una persona. Cinturas imposibles, pechos perfectos, pómulos inverosímiles, labios híper carnosos, cutis impolutos, torsos de Adonis, culos inalcanzables o siluetas increíbles, alimentan estéticas irreales, inseguridades en personas valiosas y dramas en adolescentes.
Vender imágenes utópicas no es adecuado. Utilizar programas de retoque en modelos guapísimas y con tipazo que ya al natural son un cañonazo, es absurdo. Convertir a señoras estupendas que pasan -y de largo- el medio siglo en caricaturas de sí mismas intentando competir con las dermis de sus nietas es delirante.
Y ya ni te cuento cuando hacen lo propio cargos públicos en reportajes “glamurosos”… Personalidades que se nos desmarcan con unos posados de Súpershop -el Photoshop se queda pequeño ante tal despliegue de efectos mágicos- cual estrellas del papel couché a sabiendas que al día siguiente vamos a ver de nuevo en televisión o prensa su verdadero rostro. Es obligación de los que sirven -o servían- de ejemplo a los ciudadanos, no alimentar más la sociedad de la falsa imagen ni potenciar la sobrevalorada belleza física.
Los rasgos trucados pueden tener su gracia pasajera, pero una persona es mucho más que eso. El verdadero encanto reside en un todo: el tono de voz, la manera de moverse, de caminar, la profundidad de una mirada, los gestos, la sonrisa, el estilo. Por supuesto, la belleza plena engloba la personalidad, las experiencias vitales que moldean un carácter, la generosidad, la capacidad de sorprender, de entregarse, de superarse…Y sin olvidarme del hechizo de la naturalidad, la que sin duda es mi favorita: la sensualidad de la inteligencia.
¿Cómo sería nuestra sociedad si los esfuerzos derrochados en la estética los sustituyésemos por la ética? ¿Si el empeño dedicado a alcanzar la perfección física lo destinásemos a conseguir la excelencia en valores, superación personal, respeto al prójimo, relaciones con los que nos rodean, en la educación de las nuevas generaciones, en saber, en conocer, en continuar aprendiendo y en dar lo mejor de nosotros mismos cada día?

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