Casa Alfredo, la casa de los niños

29/09/2013

Susana Ramírez.

Alfredo estaba cansado de leer tanta muerte infantil en los periódicos. Coleccionaba recortes de noticias con trágicos sucesos de muerte, concretamente de niñas y niños asesinados. Alfredo no era morboso, ni tampoco disfrutaba con ello, al contrario, coleccionaba esos recortes de periódico con noticias tan tristes, para que jamás cayeran en el olvido.

Él tenía un bar que se llamaba “Casa Alfredo”. Allí acudía la gente a por el café de la mañana, el vinito del medio día, y las cañas de la tarde con la tapita. Alfredo había colgado varios tablones de corcho dentro de su Bar, y en ellos iba colgando los recortes de periódico con las trágicas muertes de niños y niñas.

La gente que acudía al bar de Alfredo, se acercaban curiosos a esos tablones a mirar los recortes. Allí podían recordar las muertes injustas de esas criaturas a los que de forma brutal, se les había negado la vida. Había casi 100 muertes en aquellos tablones, sujetándose con chinchetas. Muertes infantiles y tristes.

Alfredo no estaba orgulloso de aquella hazaña , pero tampoco disgustado. Él no quería, de ningún modo, que las muertes de aquellas criaturas quedasen en el olvido. Quería justicia tras la justicia. Quería que esos niños y niñas fuesen recordados para siempre. Que la gente pudiese contar con los dedos, los años que ahora tendrían esos niños. Que la vida de esos niños hiciese un poco de ruido todavía, dentro de su bar, con aquellos recortes sujetos en los tablones. Pensaba que así, se tardaría menos en olvidar. Porque las muertes  suelen caer en el olvido, hasta la próxima muerte y él de esta forma, mantenía latente una muerte para que la próxima muerte doliese más todavía. Y pidiésemos más justicia a la justicia. Más pena de cárcel, más dolor para esos asesinos.

Era extraño tomar un café allí y mirar al fondo del bar, y sentir cómo esos recortes de periódico casi te hablaban, te lloraban, te suplicaban… Era extraña aquella sensación, cuando te acercabas y veías tantas imágenes de niños asesinados, tantas historias entre líneas, tanto noticiero lleno de muerte. Tantas esquelas luego, tantos recuerdos había en aquel tablón que parecía que las almas de aquellos niños estaban de alguna manera por allí, en aquel bar, vagando sin hacer ruido, sin apenas molestar.

Era “Casa Alfredo” y en ella vivían esos niños perdidos y muertos injustamente. Vivía allí, su recuerdo, quiero decir. El recuerdo de su muerte, de cada una de las muertes. Y Alfredo no sentía ni pudor ni miedo. Se sentía orgulloso de la hazaña, porque se negaba a que aquellas muertes quedasen en el olvido. Era su forma de compartir el dolor que sintió aquellos días, en que abría el periódico y leía mientras sentía un profundo odio hacía los asesinos, fuesen quien fuesen.

Ahora ya, nada queda. Alfredo murió, de muerte natural, falló respiratorio. Casa Alfredo cerró, y cuando sacaron todas las cosas del bar, no sabían qué hacer con aquellos tablones, y la familia decidió que fuesen incinerados junto con Alfredo, para que todos esos niños le enseñaran el camino que ellos ya conocían y que era nuevo para Alfredo. El camino hacía la eternidad, donde uno jamás será olvidado.

 

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