No es fácil reponerse en tan poco tiempo a tal cúmulo de emociones. Aunque sea difícil con la visión nublada por los ojos humedecidos es de justicia destacar en estas líneas que, entre el océano de fango de esta larga y maldita crisis, aún se puede hallar un diamante de bonhomía y solidaridad. Todavía hay patriotas cuyo espíritu se eleva muy por encima del Peñón de Gibraltar o del club de fans de Manolo el del Bombo. Don Jaime Botín, por ejemplo, que, así sin darse importancia, ha venido a confesar que declaró su fortuna suiza a Hacienda por lo mal que veía a España. Y aún así hay quien reprocha este gesto de desprendimiento hacia los demás. Cuando se quiere negar el pan y la sal de la grandeza humana se repara en nimiedades tales como que si estaba investigado por su sospechosa fiscalidad o que si la Comisión Nacional del Mercado de Valores ha solicitado una sanción. Para valores los suyos.
Acaso por ello este acto de sinceridad no se ha enmarcado en una conferencia económica en su calidad de ex presidente de Bankinter sino en unas reflexiones sobre la moral católica en su condición de alumno de Filosofía. Materia con la que, de prosperar, no se prevé que aumente muchos sus ingresos. El núcleo de su tesis es que el imperante “y tú más” deriva precisamente de esa moral católica que le da pie a proclamar su generosidad para con el prójimo. Viene a concluir que las vacas gordas eran un atenuante para ciertos deslices tributarios, pero que con las flacas ya es otra cosa. No consta que sus reflexiones hayan llegado hasta colegir qué sería de este país si, con expansión o recesión, cada uno contribuyera según sus posibilidades.
Si evadir no se hubiera equiparado a la siesta como costumbre. Si se castigara de verdad el escaqueo fiscal y no se mirara para otro lado al amparo de la legislación vigente. Si en vez de amnistías se articularan castigos ejemplares y si en vez de preservar el reconocimiento social el defraudado se convirtiera en un apestado. Acaso, con estos mimbres, la historia sería bien distinta. No habría que meter la mano en la hucha de las pensiones ni en el bolsillo del asalariado para costear las triquiñuelas, cuando no delitos, de quienes más tienen y mejor lo saben esconder. No ayuda en exceso a empaparse de este espíritu solidario que algunas sentencias se antojen irrisorias al lado del botín, en este caso sin referirme a don Jaime, que se sustrae a la ciudadanía.
Ver el alborozo de algunos implicados en la operación Malaya o algunas de las sentencias, ridículas desde el mismo respeto a la Justicia que se debe tener a las opiniones ajenas, resulta nada edificante. La sensación generalizada de que unos cuantos avispados se lo llevan muerto y se ríen en nuestras propias narices con crisis o sin ella es demasiado sólida para que, a estas alturas, ya se crea en las palabras. Lo que hacen falta son hechos. Y de momento los más reseñables que se conocen del Gobierno es subir los impuestos a quien no pueden defraudar y perdonar a quien lo hace. No sé si esto tiene que ver con la moral católica o con la inmoralidad política, pero así es.
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