Los ciudadanos no notamos nada

08/10/2013

Maite Vázquez del Río.

Tras los brotes verdes de los que el optimista Cristóbal Montoro, y el prudente Luis de Guindos nos hablan ya sin tapujos, el FMI ha venido a consolidar las buenas noticias que últimamente ofrecen todas las proyecciones sobre nuestra economía. Estamos a punto de dar esquinazo a la recesión. Buena noticia, sin duda. Pero ¿por qué los ciudadanos no lo notamos?

La reciente encuesta del CIS ha dejado claro a nuestros prohombres de la patria qué cosas nos preocupan. Lo que más el paro, y en eso las previsiones nos auguran que bajará unas décimas. Total, que no es para lanzar cohetes. También nos preocupa la corrupción y, a la vista de las sentencias del caso Malaya, no parece que a los políticos y empresarios corruptos se les vaya a meter el miedo en el cuerpo. Las millonadas que se han llevado -pensarán- bien merecen unos añitos de carcel, que luego si tienen buen comportamiento se quedarán en nada hasta pasar todo el día haciendo de las suyas, disfrutando de su dinerito, para volver por la noche a dormir a la celda.

Vale que el riesgo de ser rescatados ha desaparecido; que la banca no va necesitar más ayuda, aunque el pastón que se han llevado lo seguiremos pagando durante décadas; estupendo que la prima de riesgo sufra menos vaivenes, pese a  encaminarla a los 200 puntos básicos nos va a costar sudor y lágrimas; genial que nuestro PIB va a tener signo positivo, aunque sea por unas míseras décimas… pero lamentablemente el miedo aun no se nos ha ido del cuerpo, porque todavía vivimos en primera persona que cualquier estornudo que se produce en nuestros socios europeos, o la fiebre alta que padece Estados Unidos ante el riesgo de impago nos sigue llevando de cabeza y nos vuelve a azotar, pese a que nosotros habíamos empezado a levantar cabeza y con nosotros no va la trifulca política italiana o el tercer rescate griego.

Pero hay que asirnos al optimismo de Montoro, más que nada porque es cierto que la sombra de la recesión está abandonando el Viejo Continente. Solo hay que ver las previsiones de antes del verano y las de ahora, en pleno otoño, con todos los países preparando sus grandes cuentas del Estado.

Sabemos que queda prácticamente todo por hacer. Mario Draghi ha hecho mucho más de lo que esperábamos. Ha cumplido rescatando con dinero  europeo a quienes lo necesitamos. Pero el organigrama del BCE aun está huerfano de las promesas aprobadas cumbre a cumbre a lo largo de estos cinco largos años. ¿Dónde está el gran supervisor? ¿La unidad bancaria? ¿La política fiscal común? ¿En qué cajón han metido los buenos propósitos para que Europa sea una sola y no 23 países buscándose la vida, aunque sea a costa de los que están al lado? ¿Por qué sigue sin fluir el crédito que tanto necesitan las empresas? Evidentemente en toda la mala situación hay alguien que se aprovecha, y a Angela Merkel, la dirigente europea que ha puesto puntos, comas y tildes, ha sigo la gran ganadora del pulso impuesto por una crisis desgarradora.

Y con todas estas entelequias de las que nos hablan los políticos, ¿qué hacemos? El peaje que hemos pagado ha sido muy, muy caro. Muchos expertos, sabiondillos y profetas adelantados por un segundo a los sabios, nos advierten con rotundidad que ya nada será lo mismo. Y llevamos tres años comprobándolo en nuestras carnes.

Somos y seremos más pobres. Nuestro Estado de Bienestar se ha quedado en el esqueleto. Ganamos menos, hay más parados, más listas de espera en la sanidad, más ignorantes en matemáticas y comprensión de lo que leemos, y como guinda nuestra pensión sigue adelganzando a golpe de reformas sucesivas, urgentes e ineludibles. Y el dinero de nuestros impuestos, ni siquiera sirven para arreglar las calles, carreteras, o pagar menos por los medicamentos, evitar que haya cada vez más niños desnutridos o más familias en la calle. Ni el abultado recibo de la luz sirve para acabar con el odioso déficit de tarifa, pero ahí seguimos pagando el kilowatio a precio de oro.

No podemos consumir porque no se puede sacar de donde no hay con los salarios tan diezmados, y eso que las empresas han intendo reducir precios para animarnos. Nos dijeron que vivíamos por encima de nuestras posibilidades y, ahora, intentamos vivir cubrir nuestras necesidades. Y los que consumen son otros, gracias a los cuales estamos exportando como nunca, aunque la producción industrial no termina de despegar.

Casualmente los brotes verdes comienzan a surgir cuando las elecciones europeas están a la vuelta de la esquina y en 2015 nuevas elecciones generales. A algunos nos da por pensar que menos mal que los mandatos son de cuatro años, porque de lo contrario hubiéramos tenidos años y años de crisis. Esto es como cuando una gran obra pública se finaliza coincidiendo en el tiempo con unas elecciones. Los políticos siguen imponiendo el tiempo que les interesa; con nosotros no cuentan para nada. Ni siquiera tienen en cuenta que pese a las buenas previsiones, nosotros no notamos nada. Y mucho me temo que aun faltan reformas para seguir perdiendo derechos. ¿Será hasta 2015? Ese año tendremos suerte, porque con las promesas electorales nos bajarán los impuestos para que les votemos con alegría, como si no hubiera pasado nada. Ni la crisis.

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