A las seis de la mañana caía en un sueño profundo y para siempre el señor Rodríguez. Insuficiencia respiratoria. Llevaba oxigeno, era lo que le mantenía con vida, pero sus pulmones quisieron dejar de funcionar. Lo malo fue que él notó como se le escapaba la vida en esa última respiración, lo bueno fue que murió mirando a los ojos a su esposa, que dormía a su lado y que despertó justo en el instante en que el señor Rodríguez no podía respirar ya. Sus pulmones se retiraron. Su cerebro al no recibir oxigeno se paralizó, y su corazón a la par dejó de latir.
En unos segundos pasó de ser un hombre con vida a un cadáver. Y el levantamiento del cadáver fue una tarea complicada, ya que el señor Rodríguez pesaba más de 100 kilos. Sé que él, invisible, con su alma recién estrenada, estaba ahí, observando conmigo, desde mi ventana la escena.
El señor Rodríguez se reía. Me miraba con su alma recién estrenada y se reía. Decía que por fin era libre y descansaba de ese cuerpo que era una cárcel para él. Que allí solo sentía dolor. Que su mujer le quería egoístamente y que el llanto le duraría varios días, el luto un poco más. Yo le miraba, veía su alma allí, a mi lado, observando divertido cómo metían el que fue su cuerpo dentro de un saco gris con cremallera y luego dentro de una furgoneta.
El ruido de la furgoneta al cerrarse no le hizo inmutarse. Parecía que la que se había muerto era yo, en vez de él. Yo sentía horror, pero él estaba ahí, ya muerto, en alma sin cuerpo, y le veía feliz. Miraba sin inmutarse a sus familiares que les lloraban. Y el señor Rodríguez me decía que esos que ahora les lloraban, cuando él estaba con vida, nunca iban a verle, ni siquiera les preguntaba cómo se encontraba, si le gustaba la vida que llevaba, o cuántas veces había sonreído en un día. Esos que ahora les lloraban, a él ya no les importaba, porque habían sido egoístas. La gente con vida y sana es egoísta.
El señor Rodríguez me miró por última vez antes de irse para siempre y noté cómo me hacía un guiño. Supe que nunca más le vería.
Esta mañana por la que fue la casa del difunto, iban pasando sobrinos, primos, hermanos, conocidos y amigos. En fin, toda la gente que nunca se preocupó por la vida del señor Rodríguez. Las mujeres iban de luto. Y yo, que esa noche había sentido al señor Rodríguez más cercano que su propia familia, me pregunté si acaso el color negro nos limpia de alguna manera la conciencia y por eso vestimos con ese color cuando alguien nos deja.
Anoche el señor Rodríguez no podía salir subido en la camilla de acero, metido dentro de la bolsa gris de plástico, porque la puerta de su casa era muy estrecha. El señor Rodríguez había hecho aquello apropósito, quería que se quebrasen un poco la cabeza el día de su muerte. Que sintiesen el mismo problema que él sentía viviendo con esos más de 100 kilos, que se mantenían con vida gracias a botellas de oxígeno. Viviendo una vida que él ya no deseaba vivir. El egoísmo, de eso estamos hechas las personas. Tratamos de no sufrir, haciendo sufrir a los demás.
Espero que el señor Rodríguez donde quiera que esté pueda ser feliz, al fin. Yo, por mi parte, cada vez que me asomo a la ventana siento un extraño brillo en la calle y pienso que el señor Rodríguez nos está iluminando y sonrío tantas veces como haga falta. Sin olvidar jamás que estamos en la calle llamada: la calle de los milagros.
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