En la Viena de Freud se consolidó una doctrina conocida como ‘nihilismo terapéutico’ según la cual las enfermedades sociales no tenían remedio alguno. En el Madrid de hoy, sin tanta pomposidad en su designación, ocurre lo mismo. Olerse las elecciones y usar la fiscalidad como camelo es todo uno. Ignacio González, acaso influenciado por el proyecto que nunca llega de Eurovegas, se ha especializado en vender humo. Ya es casualidad que, a poco más de un año de la cita con las urnas, y después de confesar que le gustaría más ser presidente que comer con los dedos, anuncie a bombo y platillo una rebaja autonómica de los tributos. Dice para fundamentar su decisión que el dinero donde mejor está es en los bolsillos de los contribuyentes. O eso o, si tienes posibles, tampoco está mal en Suiza vista la indulgencia de Montoro con las evasiones fiscales. Para sí la quisieran las películas españolas.
Es curioso, por ser benévolo, que el mismo Gobierno que ha crujido a los ciudadanos hasta los límites de la ley, tanto que su céntimo sanitario y la externalización de hospitales, están en los tribunales, se muestre tan presuroso en ser el primero en vender sus señuelos fiscales de cara a las elecciones. Tanto que Rajoy se debe haber quedado con una cara que merecería mucho la pena que fuera espiada. Cuando la política se ata a los deseos de llegar al poder o de mantenerse en él pasa que la ideología es tan voluble como escasa la credibilidad. Y así el ideario impositivo se pone al servicio del voto y no del bienestar de las mayorías. Pagar impuestos no es malo. Lo pernicioso es hacerlo para que se antepongan los intereses de los bancos, los primeros que cobran sí o sí por mor de ese cambio en la Constitución pactado en un periquete por el PSOE y el PP, al de las personas que pagan las rondas.
La izquierda moderada, léase la que ha tenido responsabilidades de gobierno en el Estado, se contagió de ese oportunismo hasta el punto de acuñar ese “bajar de impuestos es de izquierdas” que ya se ha convertido por derecho propio en cumbre de la estulticia ideológica. Lo que debería ser de izquierdas en repartir los esfuerzos en función de las capacidades económicas. Por ejemplo, no pelearse por suprimir el impuesto de patrimonio, como en su día hicieran Esperanza Aguirre y Tomás Gómez, sino dejar bien claro y sin ningún complejo que si hay que subir impuestos se hará con pulso firme.
El elemento diferenciador, ese que se debería resaltar por encima de las modas o los ventajismos demoscópicos, es que se hará con aquellos que mejor puedan soportar esa carga. Si lo que pretende González, aparte de fardar como presidente aquí o en Marbella, es presumir de que se paga menos IRPF a costa de que haya ancianas (caso real) con más de siete meses de espera para que le hagan una revisión neurológica, que no espere loas al menos por mi parte. Los impuestos deben ser mecanismo de justicia social si se cree en ella. A la derecha no se le puede suponer que así sea, pero a la izquierda sí se le debería exigir desprenderse de los complejos porque siempre será más digno sumar coherencias aunque sea a costa de restar votos.
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