Por fin parece que los políticos de Madrid se han dado cuenta que Catalunya es un problema y posiblemente grave al que no se encuentra una respuesta adecuada. Son centenares de miles de catalanes los que quieren votar su futuro y en este caso la alternativa está clara:seguir con España o la indepenencia
En su día en La Moncloa no valoraron el bofetón que el Tribunal Constitucional dio a la democracia asesinando un Estatut revalidado en votación popular y que propició la primera manifestación millonaria en Catalunya. Se chotearon de la también millonaria protesta en la calle tras el portazo que dio Rajoy a Mas cuando le reclamó el pacto fiscal (lo calificaron de “algarabía”) y buscaron la cabeza del President cuando adelantó las elecciones avalando supuestas cuentas en paraísos fiscales. Después vino la “via catalana” que unió Catalunya de norte a sur al tiempo que las encuestas coincidían (cosa extraña) en señalar que el ochenta por ciento de los catalanes deseaban pronunciarse en las urnas sobre su futuro. Eso sí, recuperaron la figura de la “mayoría silenciosa” y hasta hace poco seguían asegurando que una gran maýoría de catalanes querían seguir siendo catalanes y espaloles.
Los estrategas monclovitas (y los de la calle Ferraz) creyeron durante mucho tiempo -metafóricamente- que “si mataban al perro (en este caso Artur Mas) se acabó la rabia, pero han tardado tiempo que con ello sólo abonaban las tesis más rupturistas de ERC y lo promocionaban electoralmente hasta convertirlo en la primera fuerza de Catalunya, mientras socialistas y populares caían en picado en la demoscopia (y también en esto coinciden todos los sondeos).
Nadie ha entonado ningún mea culpa por haber llegado a esta situación. Al contrario con su actuación, sus descalificaciones y sus provocaciones han ido atrayendo a los catalanes a las tesis independentistas y su evidente guerra sucia sólo ha servido para radicalizar la situación.
Incluso las manifestaciones de apoyo a la unidad de España no hicieron otra cosa que reflejar la correlación de sentimientos de los catalanes.
Por otra parte cada vez se oyen más voces en Europa –pese a las presiones del ministro Margallo- que aseguran que es un tema que les preocupa, pero que es un asunto interno español y según como se resuelva, actuarán. Como dijo Almunia antes de ser reconvertido, no es fácil a un miembro comunitario quitarle sus derechos. Y esto lo han repetido voces comunitarias autorizadas e incluso se han filtrado informes que señalan que en caso de secesión de Catalunya o Escocia se abriría un periodo de transición conservando la mayoría de sus derechos y deberes en tanto no se produjera formalmente la adhesión. Estas posturas en Catalunya tienen mucho eco y en otras partes son comprensiblemente ignoradas.
¿Cómo se sale de esta situación? Sería sencillo si el resultado de la consulta fuera negativo a las tesis independentistas, pero como el resultado parece que sería claramente contundente, el diálogo parece imposible, por muchas terceras vías que se inventen.
La pregunta es si se puede ignorar lo que reclama un ochenta por ciento de la población catalana. La única respuesta en estos momentos es que Madrid, desde hace poco, se han dado cuenta que tienen un problema con Catalunya.
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