El hombre que amaba demasiado

10/11/2013

Susana Ramírez.

Le conocían en el barrio por ser un hombre solitario. Tenía ya sus 60 años, casi toda una vida se resumía en su mirada. Pero 60 años no es nada cuando piensas que aún no has amado todo lo suficiente. Era un enamorado del amor. Se enamoraba en cualquier esquina, en una sola mirada. Sentía el amor vibrar a sus pies por las aceras. En los pasos de las mujeres bonitas que daban la esquina. Él tenía que mirar a todas las mujeres a los ojos, tenía que enamorarse cada día un poco para seguir viviendo.

El hombre compraba la barra de pan, el pan de cada día, en una panadería cercana a la casa donde vivía. La chica que atendía en la panadería le decía siempre al hombre: “se conserva usted muy bien para la edad que tiene”. El hombre suspirando le respondía: “vivir enamorado, hija mía, le mantienen a uno más joven y vivo”. La chica se sonrojaba mientras le entregaba en la mano la barra de pan, como cada día, al hombre.

El hombre, de camino a su casa, con la barra de pan bajo el brazo, se iba enamorando por las aceras, de la mujer que cruzaba el paso de peatones, la mujer le miraba y el hombre le devolvía una mirada cómplice y llena de luz. Podías ver a esa mujer sonriendo bajito y refugiando la vergüenza dentro de su abrigo, mientras tras el semáforo en verde para el peatón la mujer retoma el paso dejando atrás al hombre enamorado.

Y el hombre vuelve a enamorarse en ese instante. Más tarde se enamorará en la puerta de los colegíos, de las madres que dejan a sus hijos en la escuela. El hombre mirará a esas madres con eterno amor. Esas madres ya le conocen y siempre le saludan y él responde amablemente con una sonrisa y un buenos días tengas señorita.

Hay quien le llama “el viejo que a todas enamora”. Pero en realidad ese hombre es un hombre solitario. Que toda la vida ha estado solo, porque su necesidad de enamorarse era tan intensa, que jamás ha podido entregar su vida y su amor a una sola mujer. Así que a sus 60 años de edad el hombre despertaba solo y enamorado de mujeres que jamás poblarían su cama o sus días. Vivía aferrado a la soledad, enamorado de imposibles y de historias imaginadas.

Sin embargo ante los ojos ajenos era el hombre más amable, tierno y romántico de toda la ciudad, al que no podían imaginar tan solo como se encontraba.

Un día tuve el honor de mirarle a los ojos y no sentí lo que esas mujeres, esa bondad y esa mirada enamorada tiernamente, sino que en sus ojos pude reconocer a un hombre muy solo y muy triste que no compartía su vida con ninguna mujer, porque ninguna mujer había querido compartir su vida con él.

Aún así yo siempre seguía su mismo juego con la gente, cuando llegaba a mí la noticia del hombre, que era más galán que hombre, yo afirmaba con la cabeza sabiendo muy dentro de mí que por amar tanto estaba solo sin querer estarlo aunque los hombres que aman demasiado nunca quieran reconocer esa verdad que esconden.

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