“¡Hemos vuelto compañeros!” Y debe de ser cierto, porque lo afirma Alfredo Pérez Rubalcaba: todavía, la cara y la cabeza visible del PSOE. Se han postulado otros, pero continúa siendo el mismo que era antes. La pregunta, que recuerda a un verso de Ismael Serrano y ya se ha adelantado a plantear Cayo Lara, es evidente: “¿Pero dónde has estado este tiempo?”.
¿Dónde ha estado el PSOE los últimos dos años de angustia y de desgaste, de penuria vital? Estos dos años tremendos, estos seis centenares de días de calle y moral baja, con ERES de destrucción masiva, un recorte abismal de derechos laborales, educativos, sanitarios, procesales, ante toda esta realidad, ¿dónde ha estado el PSOE? Seguro que el sentido de la frase, o al menos el que pretendía darle Rubalcaba, no era peyorativo. Parecía querer decir: “Ahora estamos fuertes, nos hemos vuelto a unir en una hoja de ruta, nos hemos pertrechado y hemos decidido recuperar esa huella perdida de un origen”. Pero, en palabrería de Rajoy, Alfredo Pérez Rubalcaba “ha dicho lo que ha dicho”, es decir, que han vuelto; o sea: que no estaban. O que no han estado, debidamente al menos, los últimos dos años, mientras una parte de la población se iba quedando sin ningún referente de representación política. También otras afirmaciones del pasado fin de semana, en el que el partido socialista parece haberse bañado en su propia fuente de la eterna juventud, podrían llevarnos por el mismo sentido: así, Elena Valenciano asegura que vendrá un PSOE “más rojo”. Y aquí me pierdo un poco, o no tanto: ¿significa eso que, hasta el fin de semana, no lo ha sido lo bastante? Probablemente no, o eso han decidido. Me pregunto: ¿se habrán mirado al espejo, al menos más osado o más brillante, del discurso interior de Izquierda Unida, para así comprobar que una parte del electorado progresista ya no se identifica con un partido que, ideológicamente, parece haber perdido la vigencia del suelo que se pisa?
No sé en qué consiste este regreso, ni tampoco entiendo bien que se fijen las bases de un programa sin saber la línea, más concreta, del candidato que las llevará a la práctica. Sigo teniendo la impresión de que el PSOE, en esencia, ha perdido ese magma decisivo que le hizo cuajar su identidad: cuando se pensaba que la calle pertenecía al PC, el PSOE consiguió hacerse con el latido interno de la acera, con su fuerza interior, su herida y su ilusión. Ahora el PSOE es un partido tan lejano del socialismo, de los trabajadores -o sea, de los obreros: una palabra que parece maldita, cuando nunca, en los últimos treinta años, ha habido más obreros en España trabajando por salarios irrisorios-, y también del sentimiento de españolidad. ¿Qué es el PSOE?
Ha vuelto, dicen. Ahora hay que precisar si, acabado el estruendo y la fanfarria, lo ha hecho para quedarse: para entender la nueva realidad de una ciudadanía que ya no se conforma con representaciones entusiastas.
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