Róbeme, máteme si quiere, pero sea usted educado

14/11/2013

Joaquín Pérez Azaústre.

Sea usted educado. Puede robarme, convertir en calderilla los ahorros de toda una vida, puede usted dejarme sin casa, en medio del asfalto. Pero hágalo cortésmente, por favor. No olvide que estamos en un Estado social y democrático de Derecho en el que puede usted engañarme con todas las coberturas legales necesarias. Aunque, eso sí: ha de hacerlo educadamente, para que educadamente, también yo, acepte que me está exprimiendo, que ha convertido el valor real de mis acciones, pongamos de 5.000 euros, a 50, más o menos, después de una salida a bolsa en la que se especula con mi capital, pero que no se me consulta; puede usted también venderme las acciones preferentes que imagine, aprovechándose de mi ancianidad o mi desconocimiento –usar esa ignorancia como excusa es como exigir al paciente que acude a su cardiólogo que sepa tanto como él acerca de la circulación pulmonar de la sangre, de la presión arterial o del saneamiento coronario-, para después quedarse para siempre con ellas, igual que puede usted sacarme de mi domicilio, arrebatármelo, dejarme con los muebles en la acera, siempre que lo haga afablemente, porque la cortesía y la educación, el respeto formal al prójimo, son los valores fundamentales en nuestro sistema de convivencia.

Ahora ya empezamos a entendernos. Por poner un ejemplo, puede usted protagonizar la mayor fusión de siete cajas de ahorros, sacando luego a bolsa la entidad resultante, para presentar seis meses después un Plan Estratégico que situará a la nueva caja entre los cuatro líderes financieros patrios, anunciando unos beneficios, para 2011, de 305 millones de euros, para que poco después la mayor empresa auditora española decida no firmar su informe, al detectar un desfase patrimonial de 3.500 millones, para arrojar, finalmente, unas pérdidas de 2.979 millones de euros; del mismo modo que puede cobrar un salario anual de 2,34 millones de euros, mientras se demanda del Estado un plan de relanzamiento de 6.000 millones de euros, a través del Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria, y forzar el rescate, y con él, también, el de todo el sistema financiero español, para acabar siendo citado para declarar como imputado por varios delitos económicos en Audiencia Nacional junto con toda la cúpula directiva.

Por poder, puede hasta ser vicepresidente de un Gobierno que impulsó la invasión de un país, para participar de su expolio petrolífero, con la coartada de una democracia que ni siquiera respeta en su país de origen y causando la muerte de miles de civiles inocentes; porque siempre que lo haga amablemente, con esa urbanidad tan ponderada, nada podrá serle reprochado.

Porque así, si alguien le dice algún día algo así como “Nos vemos en el infierno. Su infierno es nuestra esperanza. Hasta pronto, gánster. Fuera la mafia”, usted y sus amigos podrán argumentar que, perdiendo las formas quien le increpa, además ha perdido la razón. No importará que sea usted responsable, o copartícipe, en los miles de desahucios vinculados con su entidad, bajo cláusulas hipotecarias abusivas, como no importará el robo preferente en las acciones de todos los pequeños ahorradores que confiaron en su sucursal. Nadie podrá levantar una sandalia y preguntarle: “¿Sabe lo que hacen en Irak con esto, como símbolo de humillación y desprecio al poder del poder?”, para inquirirle después, hablando ya del miedo, si lo tiene “A perderlo todo, millones de familias, y a que un día la gente se harte”. Porque claro, todo esto resultará del todo punto inadmisible: porque lo descrito anteriormente, siempre que se haga con la diligente corrección, siempre lo podremos admitir. Pero -¡ay amigo!- si no es usted debidamente educado y pretende llamar a las cosas por su nombre –al corrupto, corrupto; al gánster, gánster-, póngase su sandalia y márchese de aquí.

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