Rouco en el recuerdo

18/11/2013

Germán Temprano.

No sólo por razones de su cargo sino por su propia experiencia vital es altamente comprensible que el arzobispo Rouco Varela crea en los milagros. Uno de ellos es que él mismo tenga tiempo para el recogimiento y la oración con todas las preocupaciones que ocupan su cabeza y buena parte de su mitra. Por si fuera poco con el matrimonio gay, la Ley del Aborto o la insumisión de la mujer, motivo de un best seller eclesiástico que de tan rancio se debería publicar en un pergamino, ahora anda desvelado por la unidad de España. Nada raro, por otra parte, entre los gerifaltes de la Iglesia tal y como el No-Do se encarga de recordar con esos entrañables fotogramas de Franco bajo palio. Al parecer se encuentra monseñor inmerso en un sinvivir por el cumplimiento religioso, como no podía ser de otra manera, de esa Constitución que, salvo error u omisión, debe ser la misma que recoge el derecho a una vivienda digna.

Por eso Rouco no dudó en ser el primero en ponerse al frente para evitar los desahucios de familias, ese bien tan sagrado al menos en las manifestaciones, que se veían en la calle sin tener más en las manos que a sus hijos. Ni para eso le alcanzó la caridad cristiana. En el momento de su despedida, ajeno a los nuevos vientos que soplan en el Vaticano, al menos hay que reconocerle su coherencia e incluso su afán progresista. Es decir, llegó carca y se va casi más o sea que nadie podrá acusarle de no avanzar en sus postulados. En medio de una crisis salvaje, con millones de pobres, parados o personas sin ayuda que no pueden valerse, justo aquello que, presumiblemente, más ajeno es a su condición, es decir el sexo, ha motivado su clamor y sus toques a rebato.

Las calles se han poblado de gentes que vociferaban contra los matrimonios de personas del mismo género o contra la voluntad de la mujer de decidir sobre su maternidad y su cuerpo. Que estos hayan sido los prioritarios ejes de actuación delata por sí mismo una sensibilidad social que, por fortuna, existe con claro superávit en la ‘otra’ Iglesia, la de los barrios y los marginados, la de la solidaridad y el ejemplo por encima de la prédica. Ver la secuencia fotográfica de las autoridades políticas, genuflexiones incluidas, rindiendo pleitesía a monseñor retrotrae a un país que, por mucho que desaliente, es el que tenemos o el que pergeñan quienes gobiernan y han gobernado.

Un país que mantiene concordatos anacrónicos con más de cincuenta años de vigencia, que exime del pago de tributos como el IBI a la Iglesia por un importe que serviría para paliar graves injusticias, que retransmite en directo, con amplio despliegue de medios, eventos confesionales desde las televisiones públicas o que incluye en su Carta Magna el carácter aconfesional del Estado para hacerle el mismo caso que al derecho al trabajo o la vivienda. En suma, como bien dice Rouco respétese la Constitución pero no sólo para evitar que los ciudadanos decidan su destino, algo difícil de sostener en una democracia, sino para que crean de una vez que lo votan sirve para algo. Así sea.

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